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LA COHERENCIA EDUCA POR SÍ MISMA
E IMPULSA A LAS ACCIONES NOBLES

P. JUAN CARLOS CARBALLO

Año XVI. no. 92
julio - agosto
de 2009

EDUCACIÓN
CÍVICA


Hace unos días escuché una conversación de dos personas lamentándose de la incoherencia en que vivimos hoy muchos cubanos, la falta de autenticidad aparece por doquier se decían entre sí. Esto me hizo pensar y decidí compartir con los lectores de Vitral este tema.

¿Qué es?
Coherencia significa que se tiene “cohesión”, término que se usa en física para significar la unión que se realiza entre dos substancias. Coherencia significará, por lo tanto, la unión. En el caso particular de los valores, podemos decir que somos coherentes cuando, al actuar, nuestra voluntad está de acuerdo con nuestro entendimiento; cuando nuestros actos están de acuerdo con nuestros principios; cuando nuestras palabras van de acuerdo con la verdad.

¡Es importante ser coherentes!
Los niños aprenden lo que ven. Este es un principio pedagógico incuestionable y plenamente comprobable con la simple observación de la conducta de los pequeños. Por ello, los papás deben ser coherentes y esforzarse para que sus actos estén de acuerdo con lo que enseñan a los hijos. No es posible vivir dos morales, una apta sólo para adultos y otra para niños.
“¿Por qué quieres ser adulto?”- le pregunté a un niño sabiendo que ellos quieren ser mayores, y el niño contestó- “Para poder ver películas de adultos como mi papá”.
Si a los niños les prohíben determinadas cosas porque son malos para ellos, los papás deberían abstenerse de ellas también, porque si lo hacen están invitando a sus hijos a hacerlo tan pronto como ellos se sientan grandes.

¡Un mundo nos vigila!
Sin caer en la obsesión, los padres deben darse cuenta de que sus hijos los ven constantemente ¡y los juzgan!, porque juzgar es un acto natural del entendimiento. Si sus actos corresponden a las normas que a ellos les exigen, crecerán ustedes como padres ante sus hijos; pero si se dan licencias para actuar en contra de esas normas, sus hijos los descalificarán como padres o, lo que es peor, aprenderán que hay una doble moral, una para el que obedece y otra para el que manda.
Y no son solamente los hijos quienes los vigilan: San Pablo dice que “somos espectáculo ante Dios, ante los ángeles y ante los hombres”.
La coherencia de nuestros actos y de nuestras palabras está sobre todo en orden al testimonio ante los demás, pero acrecienta también la buena opinión que de nosotros mismos tenemos, porque la conciencia es la primera en echarnos en cara nuestras incoherencias.
Así como es importante la coherencia de los padres ante sus hijos, es importante la coherencia de todos aquellos que tienen la misión de guiar: políticos, maestros, profesionales del micrófono, sacerdotes y personas comprometidas tenemos la obligación de ser coherentes ante los que servimos.
¡Cuánto daño ha hecho a la Iglesia el mal testimonio de algunos sacerdotes! ¡Cuánto daño hacen a una sociedad dirigentes que se aprovechan de sus puestos, que piden sacrificios a los otros que ellos no son capaces de asumir! ¡Cuánto daño hacen periodistas que proclaman y defienden ideas que no son verdades y que no comparten según sus principios!
Todo eso genera hipocresía, doblez, actuar por conveniencia y al final el resultado es una sociedad enferma, donde las personas pierden el sentido último de su actuar  y la desconfianza y la falta de credibilidad se convierte en algo tan cotidiano como el aire que respiramos.
Una gran parte de los problemas que nos aquejan hoy están motivados porque no se tiene un cuadro de referencia interno, una filosofía de la vida, un ideal, un deber ser que vaya en la misma línea de nuestra conducta habitual, en definitiva, se trata de llevar a la realidad de nuestra vida diaria aquel principio de la moral personalista. “Hemos de acostumbrarnos a vivir como pensamos, pues de lo contrario acabaremos por pensar como vivimos”.
Cuando decimos y hacemos lo contrario de lo que pensamos, abrimos un abismo entre nosotros y aquellos que confiaban hallar en nuestra conducta un modelo para cincelar su propio deber ser. Decir siempre la verdad, enseñarla y exigirla es importante porque la autenticidad educa por sí misma, motiva, convence e impulsa a las acciones nobles, a la responsabilidad, al buen entendimiento, al diálogo y a la convivencia pacífica.
Cada persona es distinta de los demás y tiene derecho a ser respetada en su originalidad. No hay peor injusticia que la de tratar por igual lo que por sí es diferente. Respetar la individualidad significa el derecho que cada uno tiene a ser distinto de los demás; dejar a cada cual que sea él mismo, sin pretender imponerle nuestras expectativas.
Cuando no aceptamos a la persona tal y como es, y le ponemos condiciones en nuestra estima, le estamos forzando a traicionarse a sí misma, a ponerse la máscara de una imagen ficticia, la «imagen social» de lo que debe ser, que oculta muchas veces la imagen real de lo profundo de la persona.
Para fomentar la autenticidad y la coherencia es necesario:

  • Clarificar bien las ideas desde edades tempranas. Marcar directrices muy concretas para que los hijos sepan a que atenerse y no mandar jamás cosas que no sean razonables.
  • Que haya siempre una perfecta coherencia entre lo que exigimos y nuestra conducta.
  • Exigir el cumplimiento de la palabra dada. Que nuestra forma de proceder sirva de ejemplo.
  • Convencer de que es más ventajoso decir siempre la verdad. La paz y tranquilidad que se siente interiormente por haber sido fiel a uno mismo.