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¿A dónde vas, abuelo?, preguntó el niño, y el anciano respondió: Pa viejo. ¿Y eso es muy lejos?, volvió a preguntar, a lo que el anciano dijo: No, siempre ha estado ahí.
Lo que el niño no pudo ver fue que, al cerrarse la puerta, aquel hombre que para él era su abuelo vio el mismo camino que conocieron los padres de sus padres. El campo siempre ha estado ahí, con sus lluvias primaverales, sus noches frías, el peligro de los leones y las serpientes venenosas, el calor del verano y los pescadores cansados pero alegres de sobrevivir la tormenta, con algo para comer y vender.
Un viento levantó polvo delante de la casa y el niño se acordó del desierto. Esto lo hizo asomarse a la puerta. Hubiera podido subir al terrado, pero quería ver a su abuelo antes que los encinares ocultaran su figura de hombre viejo, todavía fuerte. Algo había sentido hoy que le transformó los ojos del anciano, algo en el juguete que le regaló hace algunos años y con el que él mismo había jugado cuando la arena del desierto traía las voces de los que reconstruyeron los muros de la ciudad.
Si se demoraba, el hombre entraría en los encinares. Mamá estaba en la cocina, así que sólo él podía decidir si partía rápido o se quedaba en casa, sabiendo que pudo hacer algo importante. Casi se iba, cuando llegaron sus amiguitos, insistieron en que fuera a jugar con ellos, pero finalmente los dejó atrás, como dejó también atrás las últimas casas y, siguiendo las huellas todavía recientes, lo vio a lo lejos.
Pisó una rama, y el ruido hizo que el hombre se volviera. ¿Qué haces aquí?, le preguntó, pudiste perderte. Nadie se pierde si sigue a su abuelo, respondió el niño, pero, no satisfecho, dijo: ¿Por qué te gusta venir aquí, si aquí no hay nadie con quien hablar?... Él sonrió, le acarició la cabeza, y explicó: Hace muchos años que vengo, desde que mi abuelo me dijo un día que, cuando esté cansado o haya demasiado silencio, por detrás del viento suave puede escucharse la voz de Dios en los encinares. En ese momento no lo creí, ni entendí por qué me regaló el juguete que te di, pero después vi que tenía razón. Desde entonces vengo aquí. Pero, y tú, ¿por qué me seguiste?
El niño quiso decir algo, pero sólo pudo sonreírle. De pronto, se había quedado sin palabras. Por eso, le mostró el juguete, que el hombre tomó en sus manos, acarició, cargó luego al niño, lo sentó sobre sus muslos, y así permanecieron largo rato, quizás mirando a los que iban y venían por el camino que, de vez en cuando, cruzaba el polvo del desierto.
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