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Al parecer desde hace algunos años, en la comunidad científica, el alcoholismo ha pasado de verse como una enfermedad crónica, progresiva y en no pocos casos mortal, a una visión de pandemia. Este calificativo es merecido, teniendo en cuenta el indiscutible incremento de los consumidores habituales, que pasan del abuso a la dependencia. Hace ya más de 30 años que el alcohol es consumido por hombres, mujeres, adolescentes, jóvenes y personas de la tercera edad, de todo el planeta. En consecuencia se reportan sistemáticamente enfermedades y defunciones asociados al consumo del alcohol, así como eventos vinculados a el, tales como la violencia intrafamiliar y social, los homicidios, los suicidios, las depresiones profundas, las toxicomanías y las patologías psiquiátricas como los delirium tremens. De igual forma no pocas economías nacionales han sufrido pérdidas relacionadas con el alcoholismo – los bajos rendimientos productivos, los elevados costos en hospitalizaciones y medicaciones con tratamientos ambulatorios de largo plazo, los accidentes y las cada vez más costosas consecuencias de la criminalidad. Por todo esto, políticos, humanistas, científicos, religiosos y personas simples de buena voluntad, se han pronunciado desde hace mucho tiempo por el hallazgo de una solución eficaz a este megaproblema. Sin embargo, el propósito bien intencionado se ha visto obstaculizado por muchos factores, entre ellos el propio abordaje paradójico del alcoholismo.

Resulta visiblemente contrastante el reconocer que el alcohol es una sustancia psicotóxica y sin embargo presenciar que cada día su producción y consumo se elevan, qué hacer ante esto, ¿se deja de producir y se prohíbe el consumo de alcohol, al punto de contemplarlo como un delito? Ya esta idea se trató de poner en práctica a mediados de los años 30´ en los EE.UU., en la época de Al Capone y fue un total fiasco. La sola mención de prohibir el consumo de bebidas alcohólicas multiplicaría su consumo clandestino, así como la incidencia de delitos asociados a ello.
Con frecuencia se percibe un incremento de la propaganda acerca de los daños del consumo excesivo de alcohol, que resulta contrastante con la propaganda de las etiloeconomías dirigidas a estimular el consumo de dicha sustancia, empleando para ello refinados y sutiles mensajes subliminales y cuantiosos recursos económicos.
Como se declaraba en los párrafos iniciales, existe una variedad en el tipo de consumidor de alcohol, no obstante, la labor de profilaxis y de reeducación se sustenta en perfiles estándares, sin diferenciación y mucho menos, personalización.
Por otro lado se reconoce, en las múltiples terapias de asistencia a los dependientes alcohólicos o a las personas que abusan del alcohol, que la “negación”, es la fase primaria y crucial para un eficaz tratamiento, sin embargo, esto contrasta con la actitud social de rechazo hacia el alcohólico. Inclusive, pareciera, que la actitud de negación de la adicción, es la manifestación interna, de la conciencia del rechazo público que sufren estas personas.
Igualmente es reconocido por los especialistas y los propios alcohólicos que esta sustancia produce una marcada abulia (pérdida de la voluntad), mientras que el trabajo de rehabilitación demanda, desde el propio inicio del proceso, una constante disposición voluntaria del afectado para enfrentar su propia carencia de voluntad.
En otro sentido, numerosos esquemas explicativos del alcoholismo destacan que el alcohol comienza a ser un problema para el afectado, en la medida que aparece en el plano de las apetencias o deseos y en el propio nivel consciente, como objeto-meta o fin de las acciones personales en sí mismo, sustituyendo sentidos existenciales o espirituales, trascendentes, significativos y más prohumanos. Pero qué ocurre durante la terapia y la rehabilitación en este aspecto. Paradójicamente, el abandono del alcohol por parte del alcohólico, produce de manera progresiva, un vacío, pues supone, abandonar viejos y tóxicos hábitos, alejarse del círculo de relaciones de codependencia, edificar nuevos conceptos y valores desechando otros de fuerte raíz familia o sociocultural, todo lo cual puede enfrentar al alcohólico con otro nuevo Yo. Sin lugar a dudas este vacío en la abstinencia, no es menos peligroso y no puede ser llenado por medicamentos o discursos terapéuticos, impuestos desde fuera. Este aspecto resulta vital, en el análisis de las recaídas o en proceso de rehabilitación definitiva del afectado.
Vastamente conocida es la afirmación, de que el alcohol se consume en desmedida, como un acto no pocas veces desesperado para aliviar ansiedades, sufrimientos y miedos, para evadir problemas que nos desbordan o para los cuales no estamos lo suficientemente preparados, lo cual entonces sería un indicador de carencias de capacidades o actitudes personales correctas para afrontar los problemas. Qué ocurrirá entonces si las terapias no se personalizan, si no se trabaja en las carencias de base de la persona, en su sistema de creencias y valores. Lo más probable es, que una vez que el alcohólico comience a vivir en la sobriedad abstinente y tenga que encarar sus problemas, esos que son inevitables, indelegables e irrenunciables, experimente shock, pánico o un profundo y paralizador miedo, tomando conciencia de su incompetencia y reforzando entonces su dañada autoestima.
Llama la atención como algunas terapias conductistas en la rehabilitación de alcohólicos desarrollan la técnica del autocontrol, de la autorregulación en el manejo del consumo del alcohol. Incluso, popularmente hay quien se atreve a decir que cuando el está frente a una botella sabe hasta dónde debe tomar, pero…nuestro organismo y nuestro inconsciente psíquico reaccionan al consumo de alcohol, anulando nuestra capacidad consciente y nuestra voluntad de controlar el consumo de esta sustancia. Una vez dentro de nuestro organismo, el alcohol no es la sustancia placentera, el esclavo que suponemos nos sirve de consuelo, es todo lo contrario, AMO Y SEÑOR nuestro. Paradójicamente, el alcohol lo dominamos y luego lo consumimos, pero, cuando creamos una adicción al alcohol, es este quien pasa a dominarnos y luego nos consume.
En el afrontamiento del alcoholismo conviene recordar que, el alcohol en sí mismo no es el problema, sino el tipo de relación personal que con él desarrollemos, basado en la moderación y el control o en el abuso y la dependencia infinita.
Una estrategia de convivencia y tratamiento responsable de esta pandemia, atraviesa al menos en mi opinión por la valoración entre otras, de estas paradojas.
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