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La mañana es hermosa. A la hora en que yo salgo al portal sólo están en la calle el vendedor clandestino de pan y los que sacan a los perros a hacer “pipí”. Ahí viene uno. Me hago visible para que el gracioso perrito no deposite sus deyecciones frente a mi casa. Porque no solo orinan, como es bien sabido también hacen “caca”, y bastante, por cierto. A esta hora las aceras están adornadas con multiformes y variopintos excrementos perrunos. ¿Qué comerán esos perros, Dios mío? Ahí vienen otros dos. Siguen de largo. A las diez, cuando el sol calienta el pavimento, la atmósfera callejera se satura del ácido y fétido olor de la desasimilación orgánica de canes, óvidos, équidos y humanos… sí, porque también hay animales bípedos y parlantes que hacen “caca” y “pipí” hasta en la mismísima calle Martí. Aún es temprano. Puedo respirar sin temor a inhalar el aroma citadino de moda. Hago una inspiración profunda y salgo a la calle a luchar con la vida.
Estoy en la carnicería. Tengo treinta y dos personas antes de mí en la “cola”, sin contar los que agregue la proverbial solidaridad del barrio y la dureza facial de algunos vecinos. Hace quince días que no hay productos en la carnicería. Pero ahora hay picadillo y pescado. Es posible que compre en el turno setenta u ochenta.
La venta comenzó treinta minutos después de lo establecido. Antes organizaron los documentos de control, los productos y pesaron un enorme cerdo que trajo alguien. Comenzó la venta. Enseguida se agotó el “menudo”. Un voluntario fue a traer pesetas y medios. Siguió la venta. Durante un buen rato las cosas marcharon bien: uno de la cola normal y dos de la cola del “Plan jaba”.
Luego, por la cola de los impedidos físicos, llegó una embarazada de verdad, es decir, con gestación evidente. Después, alguien que no tenía voz, compró con cinco libretas. Detrás del supuesto mudo compraron tres embarazadas a las que, a decir verdad, no se les veía la preñez por ningún lado. “Que enseñen el tarjetón”, dijo una voz anónima. “Caballeros, aquí todos nos conocemos. No hay que ser extremistas. Ellas están en los primeros meses”, dijo otra voz, solidaria. Y, así, compraron señoras con niños en coches, en brazos, de la mano y repetidos, porque hubo niños que volvieron a la cola con madres diferentes. Todo parecía marchar bien hasta que llegó una señora muy delgada y cincuentona que dijo estar embarazada. Voces de protesta. Ella puso la cartilla de racionamiento sobre el mostrador y conminó al carnicero a despacharla. “Esa lo que tiene es un empacho”, voz anónima. “O una obstrucción intestinal”, otra voz anónima, pero más cercana a la mujer. Ésta se volteó y le dio una bofetada a “la voz”, la que a su vez le propinó otra. Y se armó la bronca con desgarros de ropa y un finísimo repertorio de las mejores palabras y frases hechas para ocasiones como ésta.
Sofocada la reyerta, se reanudó el despacho. Ya el sol había subido y el calor resultaba sofocante. “Ese pescado huele a rayo”, musitó una voz que el sensible oído del carnicero percibió claramente. “¿Qué tu quieres, que huela a lavanda? eso es “pescao” mi vida, y huele a eso, a “pescao”, replicó el dependiente. “A pescao podrío”, dijo fuerte otra voz, a la que nadie respondió. Un denso enjambre de moscas caminaba por sobre los embutidos de picadillo, las mesas y la pesa. “Qué asco, por Dios”, dijo bajito una señora a mi lado. Otra señora le musitó: “compra en otra carnicería”. “Tú sabes que eso es imposible”.
Tres horas y media demoré en la carnicería. Ahora voy a visitar a un amigo gravemente enfermo. Pero antes debo refrigerar el picadillo o se me descompone en el camino. Dentro de veinte minutos estaré de nuevo en la calle.
La casa de mi amigo está a un kilómetro de la mía. Como es mediodía, recorro la calle Martí para aprovechar la sombra de los portales. Dos colectores de basura volcados, pestilentes. Los depredadores humanos, hurgadores de desechos sólidos en busca de «tesoros» de lata, hacen de las suyas impunemente. En los rincones de los portales, meandros de orine de diferente añejamiento adornan los pisos. Un experto en el tema que peroraba en un divertido grupo y que oí de pasada, decía: “éste arenoso lo orinaron antier; éste seco pero no reseco lo orinaron ayer, y éste húmedo es de por la madrugada, y es de cerveza, ¿no lo hueles?”.
Los portales del Hotel Comercio y de la tienda El Incendio, a veces muladares, a veces sólo hediondos y a veces sólo sucios, a veces dan asco y siempre provocan tristeza. El orine, la caca, el mugre, los vagos y los beodos sentados en los portales públicos, ofensivos, descorteses, vulgares, se han convertido en constantes del paisaje del casco urbano. El ambiente sonoro contaminado con el ruido de música potenciada por encima de ochenta decibeles. Altavoces en los portales, en las ventanas, vueltos hacia los demás, hacia el espacio público o hacia el privado de otros, agresión acústica. Hombres jugando bolas o pelota dura a cualquier hora de cualquier día. Alguien arreglando un motor sobre los bancos del parque… aceite, grasa. Niños destrozando los jardines públicos que se reponen varias veces al año. Vertederos de basura en las esquinas, en los parques, en los solares yermos. ¿Qué le ha pasado a mi pueblo? ¿No hay normas para regular la vida de manera decente y civilizada? ¿O no hay capacidad para hacer cumplir las normas? Tal vez no haya voluntad. Tal vez nos corroe la indiferencia.
Me acerco a la casa de mi amigo, el enfermo grave. Una ruidosa fiesta se celebra en la casa vecina a la de él. Me pregunto si el deterioro físico y la descomposición de las costumbres colectivas se reflejan en nuestra alma, en nuestra conciencia, o es nuestra conciencia descompuesta y deteriorada lo que los hace posibles. Buen tema para filósofos. Yo prefiero acordarme del himno de Pinar del Río: “… la Cenicienta desventurada no puedes ser, porque tus hijos en lucha heroica… heroica… heroica…”.
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