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Para muchos alcohólicos, familiares de estos, e incluso, para algunos médicos, paramédicos y terapeutas que tratan con este tipo de pacientes, la rehabilitación plena del afectado suele verse como una utopía, un sueño o un milagro divino. Generalmente, la percepción común en el abordaje de la atención al alcohólico se centra en la fase de la aceptación de esta condición y la disposición voluntaria de este para recibir el tratamiento médico tradicional de desintoxicación (todo el suministro de medicamentos necesarios para reducir, hasta eliminar completamente, la concentración de alcohol en sangre y garantizar con ello, el estado abstinente, la sobriedad del enfermo, como paso inicial en el largo y tortuoso proceso de rehabilitación). Estas acciones son esenciales y eficaces, pero no suficientes para lograr el propósito final, continuar la vida sin consumir nunca más el alcohol. La práctica médica demuestra que las recaídas, y no pocas veces el fracaso del tratamiento, se produce en la llamada fase de deshabituación (entiéndase, romper el conjunto de hábitos que sustentan la dependencia alcohólica, incluyendo la ruptura del círculo de relaciones sociales de codependencia). Pero ¿por qué tiende a pasar esto? Al parecer, la cuestión cardinal está en un insuficiente trabajo personalizado con el paciente, probablemente no se trabaja suficientemente la modificación conductual del estilo de vida y la eliminación de creencias erróneas sobre el placer, la felicidad y el afrontamiento de situaciones vitales difíciles, la reinterpretación y reconciliación con su pasado, entre otras cuestiones como el sentido humano normal de la masculinidad. En fin, toda una ideología irracional que predispone favorablemente la conducta adictiva futura del alcohólico. Además de estas acciones terapéuticas, no se perciben con claridad tratamientos más orientados al compromiso real del afectado más que con su condición actual, con su proyecto de vida en el futuro, en su voluntad de rehabilitación plena, lo que nos llevaría entonces a la exploración profunda de su motivación existencial, o sea, al por qué y para qué se desea vivir, qué quiere hacer con su vida, cómo desea construir una nueva identidad personal. Se sabe que esto no es fácil, pero es, tal vez, un camino bastante firme porque, sobre todo, no se trata solo de lo que el médico, el psicólogo, el psiquiatra, el esposo o la esposa, el cura, o los hijos deseen, sino de lo que el dependiente alcohólico desea y sobre todo deberá decidir para sí. La voluntad de rehabilitación plena efectiva no es posible edificarla sólo en deseos, porque estos pueden variar, perder intensidad y desaparecer, tiene que surgir sobre convicciones, y esto es creer intensamente, con elementos de causa muy claros, apoyados en la tragedia de la historia de la enfermedad, que nunca más se quiera re – vivir, ese estado de obnubilación, de confusión, ira, indignidad, marginación, soledad, de autodesprecio, consustancial a la vida del alcohólico.
El alcoholismo es quizá la enfermedad de mayor costo social y moral para el que la sufre. Es importante tener presente que si algo actúa como reforzador negativo de la adicción alcohólica, es la pérdida del sentido moral, el aprecio personal de que existen seres conocidos y queridos que nos desprecian y temen. No hay nada peor que no significar nada para nadie, que las personas dejen de creer en uno, saber que no se es importante para nadie, que no se nos respeta. Para cualquier persona madura y normal esto significaría la muerte moral y espiritual, «estás pero no existes, no vales, no eres».
No cabe duda, de que si el alcohólico sufre de depresiones frecuentes, no es solo y únicamente porque el alcohol sea un inmunodepresor del sistema nervioso central.
Consecuente con la idea anterior pudiera parecer efectivo orientar la psicoterapia en la fase de deshabituación a la promoción de motivaciones positivas de servicio, utilidad, realización personal, confraternización, pues en ellas está, en parte, la semilla para desarrollar el potencial del sentido moral de la existencia humana, indispensable en la regeneración ética, el rescate del prestigio público, el gozo que significa ser digno. Esta vía pudiera servir para despertar las fuerzas necesarias en la lucha por un nuevo tipo de vida y condición humana. He aquí la energía constitutiva de eso que llamamos «voluntad de sentido».
Otro aspecto esencial en esta fase de deshabituación del alcohólico es su resocialización. Decíamos anteriormente, que la acción terapéutica debía dirigirse a romper las relaciones de codependencia y, a su vez, estimular la sensibilización y reconstrucción psicosocial del etilodependiente, de modo que, progresivamente, se pudiera, reinsertar al alcohólico en un nuevo tipo de relaciones sociales más sanas, basadas en la sobriedad, la intimidad, la satisfacción y la productividad. Sin embargo, aquí encontramos también, no pocas contradicciones y escollos por resolver.
Los esquemas tradicionales de funcionamiento de los grupos de A.A (Alcohólicos Anónimos) cumplen una muy válida función de apoyo, de espacio para la catarsis, la reflexión, indispensable en esa difícil fase de aceptación de la condición de dependiente alcohólico, a la vez que representa un marco social que le permite, de un lado, al afectado encontrar un camino de reconciliación con su historia personal y tomar conciencia de los estilos inadecuados de vida y las redes sociales de riesgo en la adopción de la conducta alcohólica. Pero, logrados estos objetivos, el grupo resulta insuficiente para evaluar cómo sería, reinsertarse en otros contextos sociales como la familia, los grupos comunitarios, los del centro de trabajo y otros. Es preciso que logre aprender a comunicarse allí, a encarar espacios sociales hostiles, productivos, que exijan una disciplina y voluntad. Igualmente necesario es que sepa cómo rehacer o reencontrar una pareja, sobre qué bases, teniendo en cuenta que no se puede ocultar el pasado, sino reinterpretarlo y asumirlo. Sabemos que el desempeño efectivo en las relaciones sociales requiere de habilidades que muchas personas no tienen, pues no depende del alcohol, sino de aprendizajes básicos para la vida, que muchas veces los seres humanos no logran por multitud de razones. De cualquier modo, la rehabilitación plena del alcohólico pasaría entonces, por el aprendizaje y la ejercitación de esas habilidades sociales no solo en los espacios de A.A. Este es también un reto en las terapias efectivas de rehabilitación del paciente alcohólico, como lo es también el aprendizaje de las competencias para el afrontamiento y resolución de problemas vitales.
Emerger del alcoholismo es una decisión personal, nacida en la sobriedad, sustentada en la convicción de rehabilitarse plenamente, pero debe ser apoyada por estrategias terapéuticas que desarrollen suficientemente el sentido moral, la socialización y los aprendizajes vitales esenciales para el desarrollo del ser humano. Es un reto complejo y difícil pero posible.
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