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Estimados lectores de Vitral, con esta Carta comenzaré una serie dedicada al papel de los laicos en sociedad y quisiera expresarles inicialmente que hay ocasiones en que las realidades que se presentan en nuestras vidas resultan ser tan adversas que nos envuelven, nublan nuestros sentimientos y pueden llegar a cosificarnos por medio de una rutina existencial capaz de confundirnos con un torbellino del cual solo podríamos salir con la fe que genera esperanza y con la espiritualidad que fortalece nuestras almas.
Existen personas que no entienden estas realidades y se concentran en sus intereses materiales momentáneos; de tal forma, que viven sólo para ellos sin tomar en cuenta a los demás, en sus problemas, sus angustias y sus anhelos insatisfechos. En tales circunstancias suelen presentársenos la soledad y el aislamiento que pugnan por amarrarnos a nuestras rutinas, y entonces podríamos embarcamos sobre una noria que nunca deberíamos permitir que nos atrape.
Si por encima de estas situaciones existenciales analizamos la realidad que se mueve a nuestro alrededor, fortalecida muchas veces por la impronta de un mundo globalizado y relativista que rechaza todo sentimiento espiritual y religioso como el que nos ha tocado vivir, podríamos encontrar las regularidades, sus efectos y sus causas, cuya identificación es muy importante para tomar conciencia de nosotros mismos y de nuestra razón de ser. De esta forma, si actuáramos en consecuencia, podríamos ubicarnos con una clara definición en lo que realmente somos y así comprender verdaderamente lo trascendente de la vida que tiene como centro a Dios y lo que siempre deberíamos realizar a favor de los demás, que se convertiría en la manera más viable de actuar en función de nosotros mismos. Jesús lo resumió magistralmente con su resumen de los mandamientos en dos: Amor de Dios y Amor del Prójimo.
Es entonces cuando fe, sentimientos y espiritualidad nos podrían reconfortar y alimentarnos para seguir adelante, si optamos por profundizar en las esencias trascendentes y divinas de la vida y sus derivaciones humanas que nos son inherentes por naturaleza. El mundo de hoy nos interpone cada día nuevas amenazas que se suman con las que ya conocemos y sufrimos: la crisis económica que determina que millones y millones de personas en todas las latitudes se estén quedando sin sustento, mientras que un clima que por días se hace más preocupante nos afecta en donde quiera que estemos ubicados y, para colmo, ahora aparece una epidemia de influenza que se ensaña sin piedad en los más débiles, con toda la evidente manipulación mediática que le rodea y las sospechas que nos infunde el oscuro protagonismo en este hecho de algunas trasnacionales farmacéuticas de los países desarrollados.
Estas problemáticas deberíamos afrontarlas con un mayor sentimiento de espiritualidad, fe y humanismo así como con una muy especial misericordia hacia los demás, nuestros prójimos, que nos acompañan en esta época de la Historia Universal, procurando hacer efectivamente lo que está a nuestro alcance con un sentido positivo así como repudiar y dejar de lado a todo lo que se manipula y se realiza con pérfidas intenciones. En estas coyunturas, muchos se aprovechan de lo problemas inusitados que describo, para machacar a favor de sus propias formas enquistadas de ver la realidad que nos tratan de imponer y para beneficiarse en sus mezquinos intereses materialistas y ateizantes.
En mi criterio, estamos ante un contrapunteo de lo humano con lo inhumano y materialista en medio de una concepción relativista generalizada para la cual no existen la fe, la trascendencia ni Dios, así como de lo burdo y endurecido con lo sensible y espiritual. Ante estas coyunturas no aceptamos a aquellos que se burlan de nuestras concepciones humanísticas y cristianas. Ellos actúan en pro de ridiculizarnos, calumniarnos y amenazarnos con el propósito de ocultar y mantener indefinidamente su perfidia y maldad. Dios los perdone porque no saben lo que realmente hacen. Quien tenga oídos para oír escuche y actúe en consecuencia.
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