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PERSONA, INFORMACIÓN Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN, A LA LUZ DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
(I PARTE)

SERGIO LÁZARO CABARROUY FERNÁNDEZ- FONTECHA

Año XVI. no. 94
nov. - diciembre
de 2009

JUSTICIA
Y PAZ


Los maravillosos progresos técnicos, de que se glorían nuestros tiempos, frutos si del ingenio y del trabajo humano, son primariamente dones de Dios, Creador del hombre e inspirador de toda buena obra…” (Pío XII, Carta Encíclica Miranda Prorsus, 1). Así comienza el primer documento pontificio sobre medios de comunicación social, que tiene como antecedente la encíclica Vigilanti Cura del papa Pío XI dirigida al episcopado norteamericano a principios de la década del 30 del siglo pasado. El propio Pío XI fue el primero en valerse “del admirable invento marconiano”, para enviar un solemne mensaje “a través de los cielos a todas las gentes y a toda criatura”. Los medios de comunicación son una realización legítima del mandato de “poseer y dominar la tierra" (Gn. 1, 26-28; Cf, Gaudium et Spes, 34; Cf. Communio et Progressio, 7).

Juan Pablo II, envía por correo electrónico el Documento
Final del Sínodo de los Obispos para Asia.

“La Iglesia tiene sus propios motivos para estar interesada en los medios de comunicación social. La historia de la comunicación humana, vista a la luz de la fe, puede considerarse como un largo camino desde Babel, lugar y símbolo del colapso de las comunicaciones (cf. Gn 11,4-8), hasta Pentecostés y el don de lenguas (cf. Hch 2,5-11), cuando se restableció la comunicación mediante el poder del Espíritu Santo, enviado por el Hijo. La Iglesia, enviada al mundo para anunciar la buena nueva (cf. Mt 28,19-20; Mc 16,15), tiene la misión de proclamar el Evangelio hasta el fin de los tiempos. Hoy sabe que es preciso usar los medios de comunicación social.” (cf. Concilio Vaticano II, Inter mirifica, 3; Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 45; Juan Pablo II, Redemptoris missio, 37; Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Communio et progressio, 126-134, Aetatis novae, 11, Ética en las Comunicaciones Sociales, 3)
Pero además de su interés por el uso  de los medios en su misión, la Iglesia ofrece un rico magisterio en cuanto al uso de éstos para el progreso humano en general por parte de cualquier persona o institución.

Itinerario del magisterio de la Iglesia sobre información y medios de comunicación
En las dos encíclicas Vigilanti Cura y Miranda Prorsus, los pontífices Pío XI y Pío XII dieron sus enseñanzas sobre los medios de comunicación que en sus inicios obedecían a la lógica difusión-recepción, primero el cine y la radio, y luego la televisión a principios de los años 50. En estas dos encíclicas se habla también de la prensa, que ya existía desde el siglo XVIII.  En estas primeras enseñanzas se persuade a la Iglesia del uso de los medios masivos para la Evangelización, y se hace un análisis de su impacto en las personas y la sociedad. También se ofrecen principios éticos tanto para los que difunden información como para los que la reciben. En este sentido se llama a evitar que los cristianos recibiesen contenidos “dañinos para la fe y las buenas costumbres”, para lo que se sugerían las “guías morales”, primero de cine y luego de radio y televisión, que consistían en la clasificación de programas, películas o publicaciones.
Luego el Concilio Vaticano II se refiere al uso de los “medios de difusión masiva” como parte de la “actualización” de la Iglesia para servir al mundo actual. El Decreto Inter mirifica propone la formación de las personas para el uso de los medios, y el ejercicio de la responsabilidad de todos los miembros de la sociedad con relación a los contenidos, con respecto a lo cual exhorta a la promulgación de leyes, las cuales deben cuidar que el uso de los medios no dañe el bien común, al tiempo que respete el derecho a la comunicación. Se prevé además la evolución de los medios hacia espacios de comunicación de mayor alcance en los que cualquier persona podría convertirse en receptor y emisor de información, así como la exhortación a los cristianos a participar en dicha evolución y hacer de ella un instrumento para el bien y la paz. En este Decreto se decide la creación de una Comisión en la Santa Sede que, más tarde, se convertiría en el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales tal como le  conocemos hoy.
La Instrucción Communio et progressio, preparada por mandato del Concilio, trata los aspectos fundamentales relacionados con los medios de comunicación social, que ya en 1971 comienzan a tener un alcance y peso importante en la mayoría de las sociedades del mundo. Aquí se defiende el derecho a la comunicación frente a la censura y el aislamiento informativo, se hace un análisis exhaustivo del impacto de los medios en la vida de las personas, y se tratan los problemas relacionados. Se realizan también propuestas en el campo del diálogo intraeclesial y en el de la cooperación en la sociedad.
A los 20 años de esta instrucción, la Aetatis Novae, reconoció el cambio cultural que vive la humanidad, en el que los medios tienen un peso fundamental, y denunció los graves daños a la familia y a la vida que se realizan a través de éstos, así como las enormes brechas que se comenzaban a crear entre los que tenían acceso a estos medios y los que no. Reitera el llamado al respeto a la libertad de comunicación y exhorta a proveer las condiciones para que cualquier persona pueda ejercerlo. Exhorta a la Iglesia a utilizar los medios como instrumentos de la nueva evangelización y a influir en la cultura a través de éstos.
Durante su pontificado Juan Pablo II envió varios mensajes a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que anima el Pontificio Consejo, en los que trató diversos temas relacionados con los medios, entre los que se encuentran: la promoción de la mujer, el diálogo intercultural, la evangelización e Internet. Este gran Papa, dando continuidad a la doctrina de la Iglesia en este campo, hizo múltiples alusiones a los medios de comunicación en sus discursos y mensajes alrededor del mundo, los cuales se basaban en dos pilares fundamentales: la centralidad de la persona humana, y el uso de los medios para el bien común y el anuncio del Evangelio de Jesucristo.
Más recientemente el documento Ética en las Comunicaciones Sociales, aparecido en el año 2000, reconoce la llegada de la Sociedad de la Información como verdadera revolución cultural, que plantea nuevas formas de organización y producción de riquezas en la sociedad, y actualiza el análisis hecho por los documentos anteriores sobre el impacto de los medios, entre los que Internet ya tiene un papel preponderante en la economía, la política, la educación y otras dimensiones de la vida. En este documento se hace énfasis en la responsabilidad en cuanto al uso de los medios, así como en el deber de utilizarlos. Aquí también queda superada definitivamente la concepción de la comunicación social como un fenómeno de difusión - recepción, al aparecer Internet con sus posibilidades multidireccionales de participación e intercambio de información. De manera que cuando la doctrina actual de la Iglesia utiliza el término «medios», no se refiere ya sólo a los tradicionales (radio, televisión, prensa, etc.) sino que incluye Internet y las nuevas redes de intercambio de información.
El Pontificio Consejo ha editado también documentos que tratan temas específicos como la ética en Internet, la publicidad, la pornografía y la violencia, entre otros. Ha tenido también gran protagonismo en las cumbres sobre Sociedad de la Información y otros foros análogos.
De manera general, puede decirse que la doctrina de la Iglesia ha visto desde el principio a los medios de comunicación como algo bueno que brinda a la humanidad grandes posibilidades de desarrollo y bienestar, pero que al mismo tiempo pueden ser usados para el mal. Se hacen exhortaciones sobre lo primero así como advertencias y denuncias sobre lo segundo. La propuesta ética de la Iglesia para el uso de estos medios evolucionó de una concepción más bien heterónoma, en la que se exhortaba a la producción de guías morales que orientasen a los creyentes sobre qué leer, ver o escuchar, a una concepción más autónoma basada en la formación ética de las personas para el uso de los medios y la promulgación de marcos jurídicos que salvaguarden el derecho a la comunicación, al tiempo que pongan límites al uso de los medios en el daño al bien común.
El cristianismo es una religión de salvación, no es una religión moralista, en ella la salvación es un don de Dios, que no está condicionado por el cumplimiento de reglas, la moral cristiana es una consecuencia y es propositiva, orientada al «ethos» de la persona, es decir, a su tendencia al bien. La ética cristiana orienta el comportamiento humano hacia la plena realización de la persona, por lo que la habilita a acceder a la propuesta de salvación de Dios revelada en Jesucristo. (Cf. Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II, 2-4)

Principales enseñanzas  de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la Información y los Medios de Comunicación

1. Persona humana y comunicación
“El acercamiento y la comunión entre los hombres es el fin primero de toda comunicación que tiene su origen y modelo supremo en el misterio de la eterna comunión divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo que existen en una misma vida divina.”(Communio et Progressio, no. 8) La comunicación es entonces mucho más que el mero intercambio de información, ésta implica, en última instancia, la entrega de sí mismo por amor. En este sentido Cristo es el perfecto comunicador ya que por la Encarnación “se revistió de la semejanza de aquellos que después iban a recibir su mensaje, proclamado tanto con palabras como con su vida entera.” (Ídem, no. 11) Así que los medios y la información, son mediaciones para propiciar la “vida en común” entre las personas, la cual Cristo inauguró y que la Iglesia está llamada a edificar.

Benedicto XVI, se ha hecho presente en Internet.

Desde esta perspectiva “la persona y la comunidad humana son el fin y la medida del uso de los medios de comunicación social. Un segundo principio es complementario del primero: el bien de las personas no se puede realizar independientemente del bien común de las comunidades a las que pertenece” (Cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, p. 414).  Este es el núcleo de la dimensión ética de la comunicación humana la cual “no sólo atañe al contenido de la comunicación (el mensaje) y al proceso de comunicación (cómo se realiza la comunicación), sino también a cuestiones fundamentales, estructurales y sistemáticas, que a menudo incluyen múltiples asuntos de política acerca de la distribución de tecnología y productos de alta calidad (¿quién será rico y quién pobre en información?).”(Ética en las Comunicaciones Sociales, 20)
Evidentemente cada persona o grupo usa los medios de comunicación según sus propios intereses a partir de su visión de la persona y el mundo. Ninguna persona, institución o grupo social puede poseer los medios, ni tener ventajas preestablecidas en el acceso y utilización de los mismos (Cf Communio et Progressio 25, 30; Ética en las Comunicaciones Sociales. No. 14). Los monopolios y las barreras que impiden el acceso a las condiciones básicas del desarrollo son inaceptables, hoy el acceso a Internet y a los medios de difusión masiva, así como la participación en los procesos propios de la sociedad de la información junto con la formación correspondiente, son condiciones básicas para el desarrollo (Cf. Centesimus Annus 35). La libertad de comunicación es consecuencia de la libertad de conciencia, la cual es inherente a la persona humana. La comunicación humana es imprescindible para la socialización, en la cual se basa la convivencia en la sociedad (Cf. Communio et progressio, 44-45)
Los límites a la libertad de comunicación están en el respeto, la dignidad de la persona y en el bien común. Esto es, entre otros, “el derecho a la verdad, que ampara la buena fama de los hombres y de toda sociedad; el derecho a la vida privada, que defiende lo más íntimo de las familias y de los individuos; el derecho al secreto, si lo exigen las necesidades o circunstancias del cargo o el bien público.” (Cf. Communio et progressio, 42) Lo que hace mejor o peor la comunicación es la media en que su contenido, la forma en que se produce y las estructuras y procesos implicados, sirven o no al bien de la persona y al bien común.
Por ejemplo un programa de televisión con una clase de Matemáticas difundido gratuitamente y cuyos contenidos y forma de difusión no son éticamente objetables, puede no servir debidamente a la educación de los destinatarios, al formar parte de un sistema educativo en el que dicho programa intenta sustituir al maestro, y el estudiante pierde los grados de protagonismo que le corresponden. Esto último sí es éticamente inaceptable. Otro ejemplo puede ser el de un artículo de opinión en un periódico muy difundido, que brinda una visión parcial y engañosa sobre un hecho de espionaje internacional, basándose en que la inmensa mayoría de sus lectores no tienen acceso a otras fuentes, y por tanto probablemente formen su opinión como si se tratara de un enfoque equilibrado y con altos grados de veracidad. Esta situación es éticamente inaceptable, aunque el periódico esté al alcance de cualquiera.
La libertad de comunicación tiene, además, límites en la responsabilidad con los procesos relacionados con la información, éstos pueden llamarse «límites positivos» y se refieren a las consecuencias de la influencia de los contenidos generados. “Los que profesionalmente, o por cualidades propias, o cualquier otro tipo de motivos, son estimados e influyen en la sociedad, juegan un papel de gran peso en la creación de la opinión pública, al expresar su propia opinión. Por lo cual su responsabilidad es tanto mayor cuanto más capaces son de arrastrar a otros con su ejemplo.” (Communio et Progressio 28) Por ejemplo, la redacción de un sitio web muy visitado sobre temas socioculturales no publica un reportaje sobre un acontecimiento porque considera que el autor no ha reflejado de forma equilibrada el protagonismo de varios grupos políticos que intervienen en el mismo. En este caso la responsabilidad asumida en cuanto a la formación de la opinión pública se ha puesto por encima del ejercicio de la libertad de informar.
El magisterio de la Iglesia utiliza el término «libertad de comunicación» cuando se refiere a la participación de la persona en los diversos procesos de socialización e intercambio de información. (Cf. Communio et progressio, 44-46). El concepto tiene mayor alcance que el de libertad de expresión y por supuesto lo incluye, pero este último es empleado para referirse a la difusión del pensamiento y es igualmente defendido como un derecho fundamental. (Cf. Aetatis Novae, 33)
La cuestión esencial en el ámbito de las comunicaciones es que estas sirvan para hacer a la persona realmente mejor, es decir más madura espiritualmente, más consciente de su dignidad humana, más responsable, más abierta a los demás, en particular a los más necesitados y a los más débiles, más dialogante, así como más respetuosa de las diferencias culturales. (Cf. Aetatis Novae, 18; Compendio de la DSI, 415).
Los medios de comunicación también pueden usarse para separar y aislar. La tecnología permite cada vez más a la gente reunir informaciones y servicios elaborados exclusivamente para ella. Eso supone ventajas reales, pero plantea una cuestión inevitable: ¿será la audiencia del futuro una multitud de audiencias de una sola persona? La nueva tecnología, a la vez que puede aumentar la autonomía individual, tiene otras implicaciones menos positivas. La web del futuro, en lugar de ser una comunidad global, ¿podría convertirse en una vasta y fragmentada red de personas aisladas, abejas humanas en sus celdas, que interactúan con datos y no directamente unos con otros? ¿Qué sería de la solidaridad, o qué sería del amor, en un mundo como ese? (Cf. Ética en las Comunicaciones Sociales, 29).
            
2. La información(1)
El desarrollo de esa «verdadera revolución cultural» que constituye la Sociedad de la Información tiene cada vez mayor importancia. (Aetatis Novae, 2) El magisterio de la Iglesia a este respecto considera la información, a la vez, como derecho inalienable, y como instrumento esencial para la convivencia en paz y el desarrollo humano integral.
“La información se encuentra entre los principales instrumentos de participación democrática. Es impensable la participación sin el conocimiento de los problemas de la comunidad política, de los datos de hecho y de las varias propuestas de solución. Es necesario asegurar un pluralismo real en este delicado ámbito de la vida social, garantizando una multiplicidad de formas e instrumentos en el campo de la información y la comunicación, y facilitando condiciones de igualdad en la posesión y uso de estos instrumentos mediante leyes apropiadas”. En este sector, a las dificultades intrínsecas relacionadas con los procesos relacionados con la información(2), se le agregan los relacionados con la ideología, el deseo de ganancia, control político o dominio del mercado, así como los relativos a conflictos entre grupos sociales (Cf. Compendio de la DSI, 414, 416). Un ejemplo concreto es la forma en que varios estados totalitarios, ya sean de corte ideológico o teocráticos, utilizan la tecnología para brindar a sus ciudadanos un acceso fragmentado y controlado a los medios de comunicación y a los procesos relacionados con la información, bloqueando la producción de riquezas y propiciando nuevas formas de genocidio cultural.
La reivindicación del uso de la tecnología de la información por parte de los ciudadanos en términos de igualdad es un derecho y un deber ya que en ello se juegan en la actualidad las posibilidades de socialización, bienestar y creación de riqueza. La integración a las nuevas formas de comunicación es condición indispensable para el progreso personal, familiar y social. (Cf. Compendio de la DSI, 561)
Además de constituir fuente de riqueza, la información es uno de los pilares en los que se basa el mercado verdaderamente competitivo, que es un instrumento eficaz para conseguir importantes objetivos de justicia y de progreso económico. El hecho de que el libre intercambio de información y el acceso a las tecnologías relacionadas estén garantizados en términos de igualdad de oportunidades, favorece la estabilidad y el desarrollo del mercado. Al mismo tiempo el libre mercado se convierte en un espacio de intercambio de información, ya sea en términos de publicidad, o porque ésta es en sí misma una mercancía. En este sentido la DSI refiere la responsabilidad de los consumidores de orientar a los productores mediante el libre intercambio de información, ejerciendo la elección de los productos y estableciendo preferencias. Los productores, por su parte, tienen la responsabilidad de informar con la mayor objetividad sobre sus productos. (Cf. Compendio de la DSI, 347, 356-357)
La función subsidiaria del Estado con respecto al mercado tiene hoy una gran importancia en el ámbito informativo, porque a él corresponden tareas como garantizar las condiciones de libre intercambio mediante la promulgación de un marco jurídico adecuado y vigilancia del cumplimiento del mismo mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y nuevas estructuras policiales. Así como el subsidio tecnológico a los menos favorecidos y la estimulación a la inclusión de estos en los procesos relacionados con la información, para buscar condiciones reales de libre acceso para todos. (Cf. Aetatis Novae, 5; Centesimuls annus, 15) Por ejemplo, entre las estrategias de desarrollo de varios países del sudeste asiático están los préstamos o subsidios del Estado para la compra de computadoras y el acceso a Internet, así como la capacitación para ello, destinados a personas de bajos ingresos. 
Otros asuntos relacionados con la vida humana, como la aplicación de la Biotecnología, y la planificación familiar requieren de las personas e instituciones implicadas la suficiente información para la toma de decisiones. (Cf. Compendio de la DSI, 479, 234)
Los procesos relacionados con la información deben servir a la persona para el ejercicio del discernimiento y la búsqueda de la verdad, no sólo las verdades específicas sobre la naturaleza, la persona o la sociedad, sino la Verdad última de la existencia del hombre y del mundo. “La Iglesia no es la dueña de la Verdad, pero muestra a los hombres y a las mujeres de todo el mundo a Aquel que es la Verdad, la primera y la última palabra de todo.”  (Cf. Mons. Adolfo Rodríguez, Discurso Inaugural del ENEC, 17/2/1986)
Las personas y los grupos, y aún los Estados y las naciones, deben ejercitarse en el discernimiento, basándose en criterios de juicio claros, así como en el uso de la información libremente adquirida, y correctamente seleccionada y organizada. “Una situación emblemática para el ejercicio del discernimiento se presenta en el funcionamiento del sistema democrático, que hoy muchos consideran en una perspectiva agnóstica y relativista, que lleva a ver la verdad como un producto determinado por la mayoría y por los equilibrios políticos…. El discernimiento es especialmente grave y delicado cuando se ejercita en ámbitos como la objetividad y rectitud de la información, la investigación científica o las opciones económicas que repercuten en la vida de los más pobres o en realidades que remiten a las exigencias morales fundamentales e irrenunciables, como el carácter sagrado de la vida, la indisolubilidad del matrimonio, la promoción de la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer.” (Cf. Compendio de la DSI, 569)

Referencias

La palabra información tiene varios significados. El más intuitivo es el de “enterar, dar noticia de algo” (Enciclopedia Encarta 2006). En informática, significa cualquier agrupación de símbolos lógicos (1 ó 0) que representen datos de la realidad o instrucciones de funcionamiento de las máquinas. En telecomunicaciones, cualquier agrupación de símbolos (no necesariamente 1 y 0) cuya entropía o grado de incertidumbre sea distinta de cero. En muchas ocasiones el término información se entiende como noticias. Un concepto generalizador que sirva para estos apuntes puede ser el de aquella representación de la realidad que la persona puede someter a diversos procesos. Dicha representación se realiza mediante símbolos y está en la base del pensamiento, pero también representa los sentimientos así como la totalidad espiritual del ser humano y el mundo que le rodea.

Se refiere a los procesos de adquisición, selección, organización, distribución y almacenamiento de la información (ASODA). Estos procesos permiten proveer un valor añadido a la información y por tanto convertirla en fuente de riqueza, por lo que son fundamentales en la Sociedad de la Información. El Magisterio citado no se refiere específicamente a estos procesos ya que al momento de su promulgación no estaba reconocida como ahora la importancia de los mismos, pero el mismo es totalmente vigente para iluminar estas nuevas realidades.