Página principal

EL CUBANO Y EL SILENCIO

JOSÉ A. MARTÍNEZ CORONEL

Año XVI. no. 94
nov. - diciembre
de 2009

LITERATURA


El paisaje que somos… ¿Lo somos? Cada vez lo dudo más. No hay asunción sin contemplación, ni contemplación sin silencio, sobre todo el interior, ese que permite librarnos de la bulla de tantos pensamientos sin orden que nos impiden escuchar el hermoso, complejo, canto de la historia y la naturaleza.
Tengo la ventaja de vivir en Güines, por lo cual cada desplazamiento a la ciudad de La Habana me permite leer durante el viaje. Leer todo lo que veo, sea por la autopista, sea por la Carretera Central, sea incluso con el fantasma de los trenes, cuando podía ir vía San José de las Lajas o vía San Felipe y me esperaban tantos caseríos, pueblos, paraderos con ese aroma a tiempo acumulado, rostros al pasar el tren, grabados del siglo XIX reinsertados en la mirada que todo lo entrecruza en busca de esencias, luego entrar al nudo ferroviario, las largas esperas que ahora extraño hasta que nos autorizaran la vía, y entonces los patios capitalinos, cada paso a nivel, sobre todo el de la Calzada de Luyanó, el Enlace de Gas, el paso elevado junto a la bahía, desde el que podía ver los dos pináculos neogóticos de la iglesia de los Padres Paúles o el de San Juan Bosco, la Biblioteca Nacional con la raspadura al lado, el Focsa, el Habana Libre, el Capitolio, el faro de El Morro, el Cristo de Casablanca, las chimeneas de Tallapiedra, la gente esperando guagua, caminando, sentados en los parques, y entrar a ese patio ferroviario donde dos torrecillas de 1912 aguardaban a todos los pasajeros, caminar por andenes donde tantos caminaron antes, y esperar la 64, o esa sucesión de nombres tan sugerentes cruzando la calle Economía, Arsenal, Misión, Gloria, Apodaca, Corrales, girar a Cárdenas, salir a Monte, con la Fuente de la India y la multitud de bustos en el Parque de la Fraternidad para diluirse en el ritmo de la Ciudad de las Flotas, con el ojo del Otro, ese que permite distinguir lo, por cotidiano, tantas veces desechado.
“Deja el silencio una impresión de altura”, escribió Martí en Flores del destierro; también: “La noche bella no deja dormir”, bajo la luna de Imías, en su Diario de Campaña, frente al Mar Caribe que lo trajo a un paisaje para él, habanero, desconocido, lomas semidesérticas, ríos empedrados, color térreo y de cielo más intenso, grave, un Sinaí cubano que lo condujo al exuberante verde de La Gran Piedra hasta los fatales llanos del Cauto. En medio de la guerra por él organizada, tenía tiempo para contemplar “las bellezas del físico mundo” a pesar de “los horrores del mundo moral”, como diría Heredia, quien, frente al Niágara, buscaba las palmas, no tanto las palmas santiagueras sino las matanceras junto a las que creció, el Pan de Matanzas que tanto le inspiró para su Himno del desterrado.
Los muros calcinados que, en Bayamo, guiaron a Sindo Garay a componer La bayamesa, o La baracoesa ante un atardecer en la bahía de la Ciudad Primada, esperando que bajaran su magro equipaje del vapor “Glenda” desde el que pudo paladear la costa norte de La Habana hasta casi el extremo más oriental de nuestra memoria insular. Las calles trinitarias que tanto hablan a Alicia García Santana, con esa mirada tan suya, abarcadora de la historia a través de la casa cubana, la voz de horcones, arcos, alfarjes, aleros, puertas, ventanas, aceras, portales, balcones, confesiones de tantas generaciones que nos constituyen en ese vitral étnico que somos; o Francisco Prat Puig sentado frente a la casona de Santo Tomás y Aguilera, la ciudadela que transformó en el Museo de Ambiente Colonial Cubano, ese viaje de cuatrocientos años en la visita de dos casas contiguas para retornar a un Parque Céspedes de la contemporaneidad de turistas y cubanos por la misma calle Heredia, los muros y barrotes de madera torneada frente a la racionalista Colonia Española, hoy Biblioteca Provincial Elvira Cape, próxima a la casita donde naciera Emilio Bacardí cuya fachada dialoga con el eclecticismo de Carlos Segrera.
El paisaje que somos… ¿Lo somos? Cada vez lo dudo más. No hay asunción sin contemplación, ni contemplación sin silencio, ese que me permite disfrutar, hacer también míos, los chaflanes de las calles Martí y Máximo Gómez en Pinar del Río, las columnatas viñaleras, los portales de Hershey, las esculturas de las madres, las glorietas, las terminales de trenes de Morón y Camagüey, el barrio americano de Banes, los malecones que orlan pueblos y ciudades cual confesionarios libertadores de tanta bulla interior que impide ver, asumir, la maravilla siempre ahí, al alcance de todos, basta evitar la musiquita que agobia en transportes públicos estatales o particulares, el escándalo musical de barrios, escuelas, oficinas, como si para ser cubanos tuviésemos que ser violadores del espacio sonoro de quienes nos rodean y no son culpables del escándalo interior de quienes procuran escaparse del espejo del silencio.
La relación del cubano con la palabra es compleja. Y aunque, como bien dice Carpentier en La ciudad de las columnas, la calle cubana ha sido siempre bullanguera, me pregunto si, comparación epocal hecha, las calles de Ma Teodora, Esteban Salas, Manuel Saumell, Cervantes, Roig, Caturla, Roldán, eran tan escandalosas como estas de hoy en que cualquier chofer, cualquier vecino, se otorga el derecho de violar el espacio ajeno so pretexto de compartir la alegría musical, lo mismo al amanecer que más allá de la medianoche, mayormente con esa radiografía de la marginalidad que es el reguetón.            
Triste es evitar el silencio, porque significa la no aceptación de la palabra, y esto implica la crisis del diálogo. Diálogo consigo mismo, base piramidal para ascender a un auténtico entendimiento de que la historia de los demás es también la mía, que todos somos teselas del gran mosaico nacional, planetario, universal. Bello camino contra el aburrimiento, el sin sentido de las horas, rescatar lo profundo del domingo, ese día-espejo que a tantos no gusta quizás porque, libre de horario laboral, nos muestra lo que realmente estamos haciendo con nuestra vida, si resbalamos por ella o cultivamos la tierra fértil de la condición humana.
Gracias siempre a Dios porque mis padres supieron, desde el cuartico de la calle Herrera, enseñarnos que el barrio es trascendible, sin rechazarlo, cada vez que nos sacaban a pasear en el «carahata» a los centrales Providencia o Amistad, Río Seco, Catalina y pasar por los puentes del río Mayabeque, o la autopista era todo un viaje interior, el regreso al andén, a las mismas calles de cada día, el potrero de Mirabal, empinar papalote, chiringa, ir por la línea del tren a casa de mi abuela Cirila en La Quinta y ver tanta agua en la zanja del patio, algún que otro pez en la pecera de nuestro cuartico que cada vez era más grande y donde mis libros vencían la omnipresencia de la radio, la televisión, para disfrutar el canto de la rabiche, el revoloteo de los gorriones, el relumbrar del almácigo por la ventana este, el sol de la tarde sobre la mata de güira, los techos de tejas criollas o francesas, el patio comunal en dédalo hacia cualquier calle con esa realidad de fluir que era el inmenso patio ferroviario de nuestra terminal de trenes de Güines.
Miro a los niños, jóvenes, de hoy y me pregunto si sabrán vencer la otra cara de la tecnología, escuchar a los abuelos, escuchar lo que las casas nos dicen, mucho más ahora que la arquitectura de madera está casi en vías de extinción y pies derechos, zapatas orientalizantes, puertas y ventanas coloniales, columnas de ladrillo, portales de lajas, tejaroces, mutan en casas de puntal bajo, excelentes para asarse en verano y congelarse en invierno, puertas y ventanas de aluminio, enchapes que aspiran a una antigüedad de plastilina, en este ir y venir por la autopista o la Carretera Central que permite desarrollar la mirada del otro, disfrutar lo, por cotidiano, desechado, en cualquier rincón de esta isla que fluye con la danza de los continentes.

Septiembre 23, 2009
Güines