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YOGUR

JOSÉ ANTONIO QUINTANA

Año XVI. no. 94
nov. - diciembre
de 2009

LITERATURA


Tener un animalito acompañante, una mascota, es una moda, pero, en mi caso, fue una necesidad. Vino a suplir afectos desaparecidos, a ocupar espacios y a alborotar silencios. Yo no quería tenerlo. Temía encariñarme con el animalito y que muriera o desapareciera. Insistieron; los amigos no querían que estuviera solo… y sucedió lo peor.
La mayoría de los amigos me aconsejó tener un perro. “Son cariñosos”, decían. “Te cuidan”, decían. Un día que conversaba en un café de Moscú con Chejov, éste me recomendó adquirir uno como el que él le regaló a la Dama del Perrito. “Antón”, le dije, “esos perritos son malcriados y pretenciosos, lo siento mucho pero no lo quiero de esos”. En otra ocasión que caminaba por Paris con Buñuel y Salvador Dalí, ambos me insistieron en que adquiriera un perro andaluz. “Los perros andaluces son apasionados, dominantes e inestables”, les dije, y agregué: “terminaré obedeciendo a un perro así”.
Yo no quería un perro de Rusia o de España. No quería un perro europeo. Yo deseaba un perro de Soya, y por eso adopté a Yogur, un perro dulce, pastoso… pero muy inestable; un perro que me ha hecho sufrir.
Yogur me ha costado caro. He tenido que comprar bolsas plásticas para colectar sus deyecciones en la calle; curarle los parásitos y vacunarlo contra tres enfermedades. Curarle los parásitos repetidamente, hasta que me dijeron que el veterinario inyectaba agua. Cuando fui a reclamarle me arrepentí en el portal de su casa. Una mujer le «metía», como decimos en la calle, un escándalo: “Yo te pagué para que hicieras la histerectomía de la gata y acaba de parir. O me devuelves los cincuenta pesos o se acaba Troya aquí mismo”. La mujer estaba enloquecida. “Tu sabes que  a mí lo mismo me da la gimnasia que la magnesia”, le dijo, y le arrancó de la mano un billete de cincuenta pesos.
Otro «doctor» me trajo un líquido para que lo bañara y eliminar así las garrapatas y las pulgas. Él mismo lo bañó. Yogur empezó a soltar abundante baba por la boca; se echó en el piso y casi se muere. “Dale leche”, dijo el doctor. “Dale aceite”, dijo un vecino. “Un antihistamínico”, recomendó uno de bata blanca que pasaba por la acera. “Sulfato de atropina”, dijo la vieja Yaya. “Eso le mandó el veterinario a la perra de Cuca”, agregó.
Llegué a querer a Yogur como a un hijo o a un hermano. Se convirtió en alguien indispensable. Pensé que no podría vivir sin él. Saltaba de júbilo cuando yo llegaba; si me sentaba a leer se echaba a mis pies. Me lamía. Trataba de fornicar mis piernas. No comía si yo no estaba. Y un día desapareció.
Me entrevisté con Conan Doyle y con Agatha. Ambos estuvieron de acuerdo en que Lázaro, el espiritista de la carretera a Viñales, era el mejor en el mundo buscando animales desaparecidos. Me dijeron que cierta vez envió directamente al Mariscal Ney al lugar en que se encontraba un caballo que le robaron a Napoleón. “Ese caballo lo tiene escondido Fouché en Lyon, en la cuadra de la Condesa de K”, dijo Lázaro a Ney, según Arthur y Agatha.
Lázaro agotó mi paciencia. Era mejor buscando caballos que perros. Me mandó a todas las cafeterías, guaraperas y puntos de venta donde merodeaban perros. Yogur no aparecía. Esta vez no era como las otras en que regresó cuando no lo esperaba. “Lo envenenaron” dijo el veterinario. “Y el cuerpo no aparece porque se lo comieron las tiñosas”, agregó. “Lo secuestraron”, dijo un personaje de Día y noche, el policiaco de la TV. “Fue abducido”, afirmó alguien de Pasaje a lo desconocido, otro programa de la TV. “Me fastidiaron”, pensé yo.
Lázaro se sentaba en un taburete y se concentraba como un monje budista. Miraba al infinito y luego me enviaba a buscar a Yogur a lugares increíbles. Estuve en el Coliseo romano y en el Partenón, pues Lázaro insistía en que Yogur era adicto a orinar en columnas dóricas y jónicas, dado que procedía de la culta Soya. Recorrí 3 millones 546 mil puestos gastronómicos en que los perros van en busca de desperdicios de comida. En vano. Esta vez Yogur no regresaría.
Una mañana de octubre de 2009, domingo, Lázaro me llamó por teléfono y me comunicó que tenía buenas noticias acerca de Yogur. “No tan buenas como usted quisiera, pero buenas”, me dijo en tono esperanzador. “Nos vemos en la funeraria Monteserín a las 9.30 am” agregó, y colgó. Yogur era asiduo a la cafetería de la funeraria.
Cuando me acercaba al lugar de la cita, vi a Lázaro tan feliz, que no me cupo duda de que había aparecido Yogur. “No lo encontré, dijo sonriente, pero le conseguí una foto para que lo vea cada vez que usted lo desee”. Lázaro es un farsante, pero una foto es mejor que nada. La puse en el bolsillo de la camisa y caminé hacia la Alameda. Cuando pasaba por la cafería de Martí y San Juan, sentí unos ladridos conocidos. Increíble. Allí estaba Yogur. Me ladró alegremente. Me lamió un poco. Lo besé. No tenía buen olor… Pero no volvió conmigo a casa. Se fue como vino. No era, definitivamente, un perro fiel. Era inestable, como el perro andaluz que no quise.