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LOS OLVIDADOS DE LA EXPEDICIÓN DE “EL COROJO”

JOSÉ ANTONIO QUINTANA

Año XVI. no. 94
nov. - diciembre
de 2009

NUESTRA HISTORIA


A la memoria de:
                                                                   José Antonio Quintana Renovales
                                                                                                   Gilbo Guillén Vidal
                                                                                         Jorge J. Díaz Duende

En abril de 1958 se produjo un desembarco de armas y de hombres por la costa sur de lo que hoy es el municipio Pinar del Río con el propósito de combatir a la tiranía de Batista. Aquel hecho se conoce como el desembarco de “El Corojo”, porque así se llamaba el yate propiedad del doctor Diego César Rodríguez que trajo la expedición hasta cerca de las costas cubanas.

José Antonio Quintana Renovales

Aunque se han escrito artículos sobre el tema, así como realizado reuniones de análisis histórico de aquel suceso, el papel de algunos de los protagonistas de la recepción de la expedición, así como de las organizaciones revolucionarias que contribuyeron a la misma, no han sido ni suficiente, ni correctamente esclarecidos. Me propongo en las líneas que siguen aportar informaciones y razonamientos que complementen en unos casos, y completen en otros, lo dicho hasta hoy. Lo hago desde una posición de testigo circunstancial de los hechos que narro. El hecho de que mi padre, José Antonio Quintana Renovales, fuera uno de los protagonistas de la organización de la recepción a los expedicionarios, y de que por temor a que los cuerpos represivos de la tiranía pudieran dañarme de alguna manera me mantenía siempre junto a él, hicieron de mí un testigo involuntario de impensada utilidad futura.

EL ESCENARIO DEL DESEMBARCO
¿Por qué fueron escogidas las tierras costeras de la hacienda de Jorge J. Díaz Duende para realizar el desembarco? Existió un conjunto de razones para ello, pero la fundamental fue que por allí se habían realizado otras expediciones exitosas en años anteriores. El dueño de la hacienda era un hombre de compromiso demostrado con el movimiento clandestino y estaba comprobado que el personal bajo sus órdenes sabía guardar secretos.
Jorge Díaz no sólo autorizó las expediciones sino que las apoyó con personal y medios de transporte. Además, en su casa permanecieron escondidos y seguros combatientes del clandestinaje. Me consta que allí estuvieron Pedro Simón y Panchito Sevilla, convaleciente el primero de fuertes torturas. Rafael Alexander (Falín) yerno de Jorge Díaz, los atendía personalmente.
Las tierras de Jorge Díaz eran un buen lugar para el desembarco, al menos por las razones que siguen:

  • Compromiso probado del dueño y el personal a sus órdenes con la Revolución.
  • Experiencia exitosa en la recepción de expediciones.
  • Escenario remoto pero accesible.

También tenía desventajas. Aprovecho esta oportunidad para rebatir el injusto criterio, tantas veces reiterado, de que las expediciones anteriores a la venida en “El Corojo” carecieron de importancia para la lucha. Se ha argumentado que las armas que trajeron no fueron utilizadas para pelear y que la mayoría de las mismas las ocupó la policía en La Habana. Quiero significar que, con independencia del destino de aquellas armas, los que las esperaron en la costa, los que las transportaron, las familias de las casas en que se guardaron y los que las trasladaron hacia La Habana, todos, tuvimos en riesgo la vida. No importa si eran expediciones del Autenticismo o de la Triple A. Si algún historiador curioso necesita aclaraciones al respecto, mi hermano menor y yo, que en ese tema fuimos un poquito más que testigos, se las podemos ofrecer con sumo placer.

El CHOFER DEL JEEP
En la escasa bibliografía publicada sobre la expedición de “El Corojo”, mi padre aparece como el chofer del jeep que condujo al primer dúo de combatientes (Osniel Genó y Miguelito Martínez) que harían guardia en el punto del desembarco. En las reuniones de análisis histórico de los hechos ni los protagonistas se acordaban de mi padre, con la excepción de Osniel.
Mi padre fue uno de los dos organizadores directos de las tareas y acciones para garantizar la recepción de la expedición. Cuando digo organizador directo me refiero a que preparó el punto exacto de recepción, trasladó hasta allí a los dos grupos de combatientes y realizó todas las coordinaciones con Jorge Díaz y el señor Humberto Álvarez, cuyo nombre de guerra era Ismael y de quien hablaré después.
Mi padre, José Antonio Quintana Renovales, Toto el mecánico, fue escogido para esta tarea porque había participado en la recepción de las expediciones anteriores que habían arribado por aquel lugar. Era amigo de Jorge Díaz y de Falín, y mecánico de éstos y de los dueños de muchos barcos de La Coloma, por lo que tenía la fachada y las coartadas necesarias además de la experiencia. No fue sólo el chofer del jeep, aunque a su modestia le sobraba esa condición.

El MOVIMIENTO 26 DE JULIO Y EL DIRECTORIO REVOLUCIONARIO
La expedición de “El Corojo” fue financiada y organizada por el Movimiento 26 de Julio. Los hombres que venían en ella eran miembros de esa organización; ello es un hecho histórico incontrovertible. Pero también lo es que la organización de la recepción de la misma en suelo cubano fue fruto de la coordinación y de la unidad práctica del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Tal fue la unidad de acción de aquellos días, que no podía distinguirse en la práctica quien pertenecía a qué cosa; es más, no se hablaba de ello.
A mi padre le asignó la tarea de participar en la organización de las condiciones para recibir la expedición el coordinador provincial del Directorio Revolucionario, señor Juan María Izquierdo Ortiz. A partir del día en que ello ocurrió, la parte activa del dispositivo de dirección del Directorio se puso al servicio del futuro desembarco.
Mi padre y Juan María (el Niño) sostuvieron varias reuniones y contactos de trabajo con Humberto Álvarez (Ismael), el Gallego Tellería, Armando Andrés y, en una oportunidad que yo recuerde, con un señor al que le decían Willy, escondido en el municipio de Mantua, todos del Movimiento 26 de Julio. También el señor Izquierdo introdujo en mi casa al señor Miguel Martínez, que venía con el seudónimo de Antonio, y que fue una figura destacadísima del llano y de la sierra, también de Movimiento.
Humberto Álvarez era el hombre designado por el Movimiento 26 de Julio como jefe de la organización de la recepción. Si no era el jefe, era el que daba la cara todos los días.
El señor Álvarez decía provenir de La Habana, y paraba en una casa distante 50 metros de la nuestra si se iba por los patios, lo que era fácilmente realizable. Dicha casa era la de Nolo Álvarez, que resultó ser primo de Humberto, y que también combatía a Batista.
La necesidad de contactos frecuentes, de coordinaciones y la cercanía de las viviendas de ambos, hicieron que el trabajo preparatorio para la recepción de la expedición quedara casi por completo en manos del señor Álvarez y de mi padre. Ismael venía a menudo a mi casa, tantas veces vino que mi abuela, al verlo venir y dada su forma de caminar, decía, “ahí viene el canguro”. Era serio. De pocas palabras. No obstante, tuvo fuertes discusiones en mi casa, sobre todos en los días previos al desembarco.
Increíblemente, en la reunión de análisis histórico del desembarco celebrada hace pocos años en la antigua hacienda de Jorge Díaz, el señor Álvarez no se acordó de la participación de mi padre en los hechos objeto de este artículo. Nadie se acordó, excepto Osniel Genó Otero.

El COROJO NUNCA LLEGÓ A TIERRAS CUBANAS
El yate “El Corojo” quedó accidentado lejos de la costa, en el cayo Diego García, si no recuerdo mal. Su carga de hombres y armas estaba expuesta a diversos riesgos, incluida la desaparición física de ambos. Pero la fe y el coraje producen milagros.
Armando Andrés llegó a mi casa muy preocupado y nervioso. Le espetó a mi padre:
—Toto, se chivó la cosa.
—¿Cómo que se chivó, qué pasa?
—El yate se “varó” allá afuera.
—Pero tú qué hiciste? ¿No buscaste a alguien pa’ rescatar a esa gente?
—No aparece nadie.
—Pero, Bienvenido…, algún patrón de los de las otras expediciones, alguien….
—No hay nadie disponible.
—Vamos pa’ La Coloma—  dijo mi padre y se pusieron en movimiento.

No era fácil improvisar un grupo de rescate. La variante del accidente no estaba prevista. Mi padre parqueó el jeep frente a la casa de Gilbo Guillén Vidal. Tenía una corazonada… y acertó.
Gilbo, hasta entonces había sido un simpatizante de la lucha contra Batista. Desde aquel momento fue un combatiente.
—Estamos saliendo ya—, dijo Gilbo. Y salió con Armando Andrés en busca del barco de su propiedad, “El Arroyo”. Fueron al encuentro de  “El Corojo”; trasbordaron las armas y los hombres; regresaron a La Coloma; pasaron por todo el puerto, frente al puesto naval; entraron por la desembocadura del río Guamá y condujeron la expedición hasta el estero planificado para el desembarco.
¿Qué habría sucedido a la expedición sin la insistencia de Armando Andrés; sin la corazonada de mi padre con respecto a Gilbo y, sobre todo, sin la decisión de éste de salir, sin pensarlo dos veces, a jugarse la vida?. Pero nadie desea recordar al modesto patrón del bonitero “El Arroyo” (y a sus hermanos), el que en términos de pelota fue el pitcher que salvó el juego.
Después de triunfo de la Revolución fui con Gilbo en dos ocasiones a la oficina en La Habana del doctor Eliodoro Martínez Junco. Éste había sido el jefe de la expedición de “El Corojo”. Fueron visitas de índole particular, relativas a asuntos de mi familia, pero me sirvieron para constatar el aprecio y el respeto con que el doctor Martínez trataba a Gilbo. Eliodoro Martínez Junco era médico, comandante del Ejército Rebelde y Ministro de Salud Pública del gobierno revolucionario.
En 1959 el doctor Fidel Castro realizó una visita al occidente de Pinar del Río. Inició su recorrido por el puerto de Arroyos de Mantua, al cual accedió desde la fragata “Antonio Maceo”. Desde dicha fragata hasta el muelle lo condujeron Gilbo y sus hermanos Macho y Roldán en el barco propiedad de éstos. Ese fue el último trasbordo histórico que hizo “El Arroyo”.
Jorge J. Díaz Duende salió legalmente del país y murió en Estados Unidos.
Gilbo Guillén Vidal salió clandestinamente del país llevándose el barco de su propiedad. Murió en Estados Unidos de un infarto cardiaco.
José Antonio Quintana Renovales fue condenado a treinta años de prisión. Fue liberado sin agotar la sentencia y marchó a Venezuela. Está enterrado en Valencia, estado de Carabobo.
“Manco mental”, llamó Fidel Castro Ruz a quien suprimió la frase “el favor de Dios” en el testamento político de José Antonio Echeverría. Mancos mentales son los que impiden que las obras de los artistas cubanos que abandonaron el país se lean, se escuchen o se vean en Cuba; y los que borran de la historia a los protagonistas de ésta que con posterioridad al primero de enero de 1959 no se identificaron con el socialismo. La historia de la lucha contra Batista, sin ellos, no estaría completa, ni sería totalmente verdadera.