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ASAMBLEA CONSTITUYENTE DE 1940 (I PARTE)

UVA DE ARAGÓN

Año XVI. no. 94
nov. - diciembre
de 2009

NUESTRA HISTORIA


Entre los 35 delegados de la coalición gubernamental elegidos a la Asamblea Constituyente, había hombres de gran talento, como José Manuel Casanova, José Manuel Cortina, Rafael Guas Inclán, Orestes Ferrara y  Emilio Núnez Portuondo del Partido Liberal. El Partido Comunista, también parte de la coalición, contaba con miembros igualmente capaces como Juan Marinello, Blas Roca, Esperanza Sánchez Mastrapa y el gran orador Salvador García Agüero. La oposición no se quedaba atrás en cuanto a figuras inteligentes entre sus  41 delegados. En  el Partido Auténtico se distinguían Eduardo Chibás, Alicia Hernández de la Barca, Eusebio Mujal, Emilio Ochoa, Carlos Prío y Ramón Grau San Martín, de inmensa popularidad tras su breve gobierno revolucionario. Los  abacedarios tenían a Francisco Ichaso, Joaquín Martínez Saenz, Jorge Mañach…  Entre los demócratas y los republicanos —que en su mayoría provenían del partido conservador y del CND menocalista, ambos desaparecidos—,  se destacaban, respectivamente,  Pelayo Cuervo y  Santiago Rey; y  Manuel Dorta Duque  (quien sustituyó a Ramón Zaydín) y  Carlos Márquez Sterling, quien había comenzado su carrera política en las filas de las juventudes liberales.  Basten estos ejemplos para comprender que existía en la asamblea diversidad de filiaciones políticas, abundante materia gris, aspiraciones personales y fuertes personalidades. José Manuel Cortina resumió el espíritu que debía animarlos, en uno de sus discursos más brillantes en la tarde de apertura de la Asamblea Constituyente, al decir: “¡Los partidos fuera! ¡La Patria dentro!”  Y en efecto, pese a dificultades, prevaleció una voluntad de no defraudar las esperanzas que el pueblo de Cuba había puesto en estos 73 hombres y 3 mujeres.

Ramón Grau San Martín y Fulgencio Batista

Los debates fueron intensos y hubo de todo: retórica de los que gustaban oírse, oratoria brillante, sagaces duelos verbales, anécdotas humorísticas y pérdida de tiempo en discusiones banales sobre el reglamento. Pero cuando se releen las transcripciones de las sesiones hoy, a más seis décadas de distancia, asombra sobretodo la inteligencia con que se discutieron temas fundamentales, aún vigentes. Los cubanos escuchaban por radio las sesiones con atención y sano entusiasmo. Se ha dicho que estas trasmisiones en vísperas de elecciones generales llevó a algunos políticos a adoptar actitudes que pudiesen granjearla mayor popularidad. También hizo que el pueblo se sintiera partícipe del proceso. Una nueva y esperanzadora etapa se vislumbraba en el horizonte. En vez de entrarse a tiros, poner bombas, alzarse en las lomas o alterar las urnas, los políticos actuaban como parlamentarios y sentaban nuevas bases para encaminar la República.
La Constituyente fue, sin lugar a dudas, el colofón de la Revolución del 33. En gran medida resulta una transición entre la vieja política —representada por figuras como Cortina, Ferrara,  Santiago Rey— que supieron entender que ya el país no podía gobernarse como antes de Machado, y las fuerzas emergentes —auténticos, comunistas, abecedarios— que tampoco habían sido capaces de afirmarse como alternativa de poder.
Hubo crisis. Grau, merecidamente, había sido designado Presidente de la Asamblea. Pese a su filiación con el movimiento revolucionario del 33, desde el comienzo de las sesiones asumió una firme posición para evitar luchas internas y partidistas. Sin embargo, el jefe del Partido Auténtico no dominaba la técnica parlamentaria y los constantes desórdenes asembleísticos hacían temer que aquello se convirtiera en un caos. Además, Fulgencio Batista, deseoso de asegurar su elección en los próximos comicios, le ofrece a Raúl Menocal la Vicepresidencia, la Alcaldía de La Habana, tres gobiernos provinciales y doce senadurías.  Este pacto altera la composición de la Asamblea, al pasar los votos menocalistas al gobierno y quedar la oposición en minoría. Grau renuncia a la Presidencia. Tras ser ocupada provisionalmente por los dos vices, le ofrecen la Presidencia a Carlos Márquez Sterling, quien, además del prestigio de su apellido, traía consigo su experiencia como Presidente de la Cámara de Representantes.  Los periódicos de la época y un gran número de historiadores coinciden que el enérgico liderazgo del joven político —tenía entonces 42 años— logró que la Asamblea pudiera concluir su labor en el tiempo prescrito, para lo cual hubo que trabajar sin tregua, con dos y tres sesiones diarias, durante los últimos veinte días. El 8 de junio, al dar por terminada la Constituyente, Márquez comentó, “No es una obra perfecta, pero responde a un estado de derecho. Y es la primera vez que la voz del pueblo de Cuba se hace realidad tras un largo y duro batallar.”
Al día siguiente los constituyentes viajaron a Guáimaro en un tren especial y, en el salón del Consistorio, firmaron la Carta Magna de la República. Finalmente, el 8 de julio, en una imponente ceremonia en las escalinatas del Capitolio, quedó solemnemente promulgada la Constitución de 1940, que entraría en vigor el 10 de octubre de ese año.
En el orden político la Constitución instauraba un mandato presidencial de cuatro años, sin posibilidad de reelección hasta pasados ocho años. En cuanto al Poder Legislativo, se elegirían nueve Senadores por provincia y un Representante por cada 17,500 votantes. Se hicieron regulaciones para que el Poder Judicial tuviera autonomía absoluta. En materia de derechos individuales todos los cubanos eran iguales ante la ley. Las discriminaciones de cualquier clase se declaraban punibles. Las leyes no podían tener efecto retroactivo. No se podían expropiar propiedades sino por causa de utilidad pública y con previa indemnización. No había pena de muerte. Existía el registro de presos, la presunción de inocencia, y el derecho de habeas corpus; es decir, no se podía mantener a los ciudadanos detenidos sin ser llevados ante un tribunal  e instruidos de cargos. La Constitución reconocía el derecho de movimiento, reunión,  religión,  pensamiento, expresión; el secreto de la correspondencia y la inviolabilidad del domicilio. Se podía entrar y salir libremente del país. Se autorizaba la resistencia legal a aquellas disposiciones que restringieran estos derechos.
En cuanto al orden laboral la Constitución fijaba la jornada máxima de 8 horas diarias y 44 semanales, el derecho a la sindicalización, el descanso retribuido, la protección a la mujer embarazada. En el libro de Historia de Cuba titulado La neocolonia, publicado en La Habana en 1998, se reconoce que “sin duda, la orientación que configuraba este pliego en materia de trabajo lo situaba como una de las constituciones de mayor alcance y esto le confirió una amplia repercusión en todo el ámbito latinoamericano.”
Naturalmente que también se cometieron errores. Quizás precisamente por querer conciliar tantos puntos de vista diversos, y por la premura con que se trabajó una vez despejadas las materias reglamentarias y la crisis política, la Constitución es excesivamente casuística.  Además, también remitía buena parte de sus provisiones —proscripción del latifundio, regulación de la banca, etc.— a la promulgación de leyes complementarias, con lo cual, en algunos aspectos, resultó más un programa que una Ley Fundamental. Pero más allá de las virtudes y defectos del documento en sí, deben destacarse dos hechos esenciales. Primero, que la Asamblea Constituyente de 1940 es el único momento en la historia de Cuba en que un grupo de cubanos, electos libremente por el pueblo, sin intervenciones ni presiones foráneas, se desempeñaron con altura en el plano político —que es el arte de lo posible— y supieron negociar y conciliar sus diferencias en aras del bien común.  Segundo, que el pueblo cubano tomó plena conciencia del significado del momento. La Constitución de 1940 se instalaría en el imaginario nacional como la representación más viva de las aspiraciones ciudadanas de una república libre, soberana y justa.

De la Constituyente a la Jornada Gloriosa                       
Fulgencio Batista y Ramón Grau San Martín, las dos figuras que surgieron con mayor fuerza de la Revolución del 33, se enfrentaron en las urnas el 14 de julio de 1940. 
Ganó el primero. El criterio más difundido es que no faltaron fraudes. Posiblemente no eran necesarios. La nueva Constitución no entraba en vigor hasta el 10 de octubre y los comicios se llevaron a cabo bajo la ley electoral Gutiérrez. El voto no era directo, sino preferencial. El coronel, que había construido hábilmente una coalición política, tenía una amplia ventaja.
Batista se supo rodear de personalidades de gran talento, como Gustavo Cuervo Rubio, Carlos Saladrigas, José Manuel Cortina, Víctor Vega Ceballos,  Juan J. Remos, Aurelio Fernández Concheso, Ramon Vasconcelos, Amadeo López Castro, Jorge García Montes y  María Gómez Carbonell, nombrada ministra sin cartera en 1942, la primera mujer que aparece en un gabinete presidencial. Pero los constantes cambios en sus gabinetes impidieron una labor provechosa en los ministerios.
Entre los aspectos positivos de estos años, pueden destacarse: fortalecimiento de la autonomía universitaria,  desmilitarización de los institutos tecnológicos,   promulgación de la Ley de Maternidad Obrera,  creación de la Caja del Retiro Azucarero y establecimiento del voto directo.  Entre los negativos: la violencia política que no cesó; la intervención excesiva del Presidente en la política,  que especialmente al principio de su mandato parecía olvidar que ya no regía el sistema presidencialista; y la corrupción administrativa, que  lejos de frenarse, aumentó.
Algunos factores externos, principalmente la Segunda Guerra Mundial, tuvieron gran efecto en la Isla.  En los primeros años, la economía sufrió grandemente y escasearon productos básicos. Posteriormente, el aumento de las zafras, hizo posible la recuperación económica. Cuba, por razones históricas y geográficas, se colocó del lado de los Aliados. Hoy en día, sin embargo, asombran algunas de las medidas que se tomaron entonces. Por ejemplo, Cuba declaró la guerra a Japón, Alemania e Italia y se arrestaron miles de ciudadanos de estos países. Los cubanos sufrieron la pérdida de los navíos “Santiago de Cuba”, “Manzanillo” y  “Libertad” y las vidas de sus sesenta y dos tripulantes; a su vez, hundieron un submarino alemán y ejecutaron por espía al alemán Henri Augusto Luning.
El conflicto bélico estimuló la creación de nuevas industrias de guerra que favorecieron la economía. Otras condiciones, como la regulación de abastecimientos y precios, ofrecieron nuevos márgenes para el peculado. El sargento que había empezado en  el ejército como taquígrafo, salió de la Presidencia millonario.
Batista colaboró con los comunistas, al punto de llevarlos al gabinete y permitir que dominaran organismos laborales, como la Confederación de Trabajadores de Cuba, donde tenían un considerable respaldo de las masas desde su creación en 1939. Es posible, como señala Octavio R. Costa en su magnífica obra Imagen y trayectoria del cubano en la Historia (V. 2, p. 279) que no lo hiciera por convicción o simpatías sino por cálculo político. Esta cooperación fue mutuamente beneficiosa. Los comunistas consiguieron evitar huelgas sindicales a partir de 1942;  por su parte, el gobierno favoreció sus demandas, y los obreros obtuvieron aumentos salariales y otras mejoras. Recordemos que Washington y Moscú fueron aliados durante la guerra y que los comunistas articulaban un discurso muy atractivo sobre los derechos de los trabajadores y de las clases más desposeídas. Habían contribuido positivamente en la Asamblea Constituyente y contaban con figuras de gran talento y prestigio, como Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez. 
El desarrollo urbano habanero, especialmente en cuanto a edificios de servicio  público, fue notable. Se construyeron las sedes del Archivo Nacional, la Sociedad Económica del País, la nueva Escuela Normal de La Habana, el Hospital de Maternidad Obrera, el Palacio de Convenciones y Deportes. No toda la construcción fue en la capital. El hospital “Ambrosio Grillo” y la presa pluvial de Charco Mono en Santiago de Cuba,  el hospital de Banes (de donde era oriundo Batista), bancos de sangre, hospitales y once Institutos de Segunda Enseñanza fueron algunas de las obras en el interior. Se creó la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling y se cedió el hospital “Calixto García” a la Universidad de La Habana. Se comenzó el hospital para tuberculosos de Topes de Collantes y el edificio de la Biblioteca Nacional.
Una vez alcanzada la Presidencia, aunque rodeado por una camarilla militar que mantuvo su influencia, Batista fue reduciendo las prerrogativas e intromisiones del ejército en la vida nacional que había caracterizado su ejecutoria durante la precedente etapa militarista. De ahí que en febrero de 1941 se produzca  un intento de golpe de estado de parte del Jefe del Ejército, José Eleuterio Pedraza.  Batista lo sofocó hábilmente. “El hombre —se decía en la calle— se puso el jacket”.  Fue a Columbia, habló a la tropa, destituyó a Pedraza, lo envió a Estados Unidos con su familia, y sin mirarla, rompió la lista de los que habían conspirado con él.
En 1943, con motivo de la guerra, Batista invitó a los partidos de la oposición a formar un gobierno de coalición. En realidad, siempre incluyó en su gobierno a personalidades de diversa procedencia partidista. Era una forma inteligente de neutralizar a posibles adversarios, aunque varios de ellos renunciaron en breve tiempo a sus cargos.  Incluso los auténticos —el mayor núcleo opositor— vacilaron; pero la fogosa oratoria de uno de sus miembros, Eduardo Chibás,  y su denuncia constante de todos los males del gobierno, hizo imposible que aceptasen.  Por otra parte, se separaron del gobierno importantes figuras como Cuervo Rubio, Raúl Menocal, alcalde de La Habana, y Guillermo Alonso Pujol,  presidente del Senado.
A finales de 1943, el 83% de un electorado de 3,333,000 se inscribe en los partidos políticos, muestra de la fe del pueblo cubano en las nuevas normas del juego establecidas por la Constitución de 1940.  El Partido Auténtico, en primer lugar, casi dobla la filiación del segundo, el Liberal. Llega 1944, año de elecciones. Carlos Saladrigas - Ramón Zaydín, la candidatura de la Coalición Socialista Democrática se opone a la de Ramón Grau - Raúl de Cárdenas, de los Auténticos.  Algunos aconsejan a Batista que vete el código electoral y dificulte la victoria de la oposición. No lo hace. El 1 de junio de 1944 se producen unas elecciones trasparentes. Los propios cubanos se sorprenden. Grau gana por una mayoría abrumadora.  Saladrigas, siempre elegante, lo felicita. Chibás bautiza la fecha como “la jornada gloriosa”. El Presidente electo, con Carlos Prío y Chibás, visita Palacio invitado por el Presidente saliente.  El 10 de octubre toma posesión Grau. La democracia parece ir por buenos rumbos y el pueblo, entusiasta, se llena de nuevo de esperanzas.

La cubanidad: ¿amor o gatillo alegre?
Ramón Grau San Martín gozaba de una inmensa popularidad. Lo precedía una mística revolucionaria y las denuncias de su partido al peculado y la violencia durante gobiernos anteriores.  Pese a su “ceceo”, por su simpatía y el nacionalismo de la plataforma del Partido Auténtico, lo apodaron “El Apóstol de la cubanidad”.  La cubanidad, decía Grau, era amor.
¿Cuál fue el balance de su gestión? En los aspectos positivos, hay que destacar la obra social, que, aunque procedente del Congreso, el Presidente apoyó. Se crearon Cajas de Retiro y Seguros de profesionales y trabajadores, que beneficiaban, desde abogados y farmacéuticos hasta barberos y trabajadores de electricidad y gas. Otras medidas de la época fueron la Jornada de Verano —los comercios cerraban los lunes y daban el día libre a los empleados—, el fondo de Estabilización del Tabaco y la disposición que imposibilitaba el despido de empleados sin un previo expediente que lo justificara por causas mayores. En 1946, se llevó a cabo el Primer Censo Agrícola, esencial para fijar en el futuro cualquier política sobre cuestiones de la tierra y su cultivo.
En lo económico, también hubo mejoras.  La zafra de 1947, cercana a los 6 millones de toneladas, superó el monto récord que había alcanzado en los años veinte. Continuaron las ventas globales a Estados Unidos, pero Grau mantuvo una firme posición negociadora. Apoyado en los reclamos de los obreros, el gobierno obtuvo mejores precios para el azúcar y, además, logró que se vinculara al aumento de los precios de los productos norteamericanos consumidos en Cuba.  Ello hizo posible “el diferencial azucarero”, mediante el cual la diferencia entre el precio marcado previamente para la venta del azúcar y el superado por el mercado se repartía entre colonos y trabajadores agrícolas, para quienes representó un notable incremento en sus ingresos. El dinero corría. El Presidente aseguraba que había “dulces para todos”. 
En el orden negativo, los vicios —la corrupción y la violencia política— que habían plagado al país y que los auténticos habían denunciado, lejos de eliminarse, se agravaron.  En cuanto a la malversación, el caso más notorio fue el de José Manuel Alemán, que ocupó varios cargos ministeriales y ejercía gran influencia en Palacio.  Se calcula que alcanzó una fortuna de más de $50 millones. Algunos aseguran que Alemán padecía de un cáncer terminal y que repartía el dinero con generosidad. En todo caso, no fue el único. Dicen que el dinero se sacaba en maletas de las arcas del Tesoro. ¿Hipérbole criolla? Quizás, pero surgieron millonarios de la noche a la mañana. Al mismo tiempo, hubo intentos de parte de parlamentarios honestos de encausar a los gobernantes que se enriquecían a costo del erario público.  Lamentablemente, no prosperaron.
Durante los dos primeros años, los auténticos estaban en minoría en el Congreso y Grau buscó el apoyo de los comunistas. Cuando obtuvo mayoría legislativa, sin embargo, se apoyó en el clima de la “guerra fría” para romper con ellos e intentar controlar el movimiento sindical. Utilizó para esta operación grupos gansteriles.  El asesinato de Jesús Menéndez, líder sindical azucarero, es ejemplo de la sangrienta secuela.
Resurgieron con fuerza el “bonchismo universitario” y el “gansterismo político”. Algunos historiadores achacan a Grau una responsabilidad pasiva. Alegan que “dejó hacer” con la idea de que los pandilleros se matarían unos a otros.  El argumento es débil porque muchos de los matones estaban a sueldo del gobierno.  Los atentados, las bombas, las amenazas, los tiroteos, la violencia, adquirieron proporciones gravísimas. 
Una fecha funesta fue el 15 de septiembre de 1947, en que la batalla de Orfila regó de cadáveres el barrio de Marianao. Muchos de los protagonistas de los sangrientos eventos ostentaban grados de comandante en la Policía. Eran en verdad una fauna gansteril apodados como los del “gatillo alegre”. Entre los muertos, la esposa de Morín Dopico. Su pequeña hijita, herida.
Algo igualmente grave se achaca al Presidente Grau: su rechazo al régimen parlamentario. Bloqueó todas las iniciativas de senadores y representantes para interrogar o enjuiciar a sus ministros cuando se colocaban por encima de la ley. En ningún momento, el hombre que presidiera la Asamblea Constituyente de 1940, mostró respeto por el Congreso. Entre el poder ejecutivo y el legislativo se produjo un abismo. Al mismo tiempo, si había habido infinidad de errores anteriormente, también un gran número de personalidades inteligentes, con sentido cívico y patriótico, habían ocupado cargos gubernamentales.  Ahora el Presidente se rodeaba —con excepciones, naturalmente— de personajes desconocidos y en muchos casos mediocres. Podría verse como un renuevo generacional y una democratización de la política, antes dominada por la clase alta y media, y por los intelectuales.  Pero cabe preguntarse ¿qué consecuencias tuvo para Cuba?
También en 1947 se produce el entrenamiento, en Cayo Confites, de más de un millar de cubanos con planes de desembarcar en Santo Domingo para derrocar al General Trujillo. En la operación estaba involucrado Fidel Castro que, a partir de 1945, comienza a actuar en la vida pública cubana, principalmente en el escenario de la Colina Universitaria. A instancias de Washington, el gobierno, que no ha estado a margen de los planes expedicionarios, confisca las armas.
Otro evento de menor relevancia de estos años pero que ha quedado grabado en el imaginario nacional: el misterioso robo del famoso diamante del Capitolio y su igualmente inexplicable aparición en el despacho del Presidente. 
Desde 1946 pueden vislumbrarse las divisiones entre los auténticos. Eduardo Chibás se separa y crea el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Remeda a Muñoz Marín en Puerto Rico y enarbola el lema “Vergüenza contra dinero”. El más ardiente defensor de Grau, se convierte en su implacable fiscal.  En sus programas radiales cada domingo por la CMQ, Chibás denuncia con inflamada retórica todos los males del gobierno. ¿Exagera? ¿Ayudan o perjudican estas diatribas radiales al proceso democrático? ¿Qué efecto tendrán sobre el electorado en los próximos comicios?