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La palabra cola tiene varios significados. Puede ser un pegamento frío o caliente. Loca. Sí, puede ser loca, loca, como la de un cometa, como la de aquel “Kometa” que navegaba entre Batabanó y la Isla de la Juventud. También puede ser el apéndice caudal de muchos animales, incluido el hombre. Éste la oculta atrofiada en el lugar en que la espalda cambia de nombre; en el dominio del hueso de la alegría; donde a muchos le duele y otros sienten cosquillas. Así es la vida de diversa.
Puede ser una cola de pato, que por transferencia de similitudes puede ser la de un automóvil y no la de un ave. También pueden ser llamados así los glúteos cuando sobrepasan determinados estándares de moderación. Hasta puede ser algo invisible aunque audible. En el estreno de un filme famoso por su banda sonora, me levanté para retirarme cuando terminó la película. Mi anfitrión me detuvo: “No te vayas —me dijo— ahora viene una cola musical bellísima”. No hay duda, existen muchas clases de cola.
La cola a que me referiré en este trabajo es de la familia de la del “Kometa”. Una que, quizás por su carácter socioeconómico, se distingue de las de origen biológico en que estas siempre cuelgan en la parte de atrás de los sujetos. No es posible una cola biológica colgando en la parte anterior del cuerpo. Tampoco es estética una cola social formada en la parte de atrás de una institución. Si usted ve una cola hecha en el fondo de un comercio o de una oficina pública, ahí hay algo turbio, raro. Si ve una cola biológica delante de un cuerpo, frótese los ojos; decididamente usted no ve bien y puede confundir los objetos.
Las colas que interesan aquí son las líneas de personas en espera de satisfacer una necesidad. Tan acostumbrados estamos a ellas, que pudiera parecernos un asunto baladí; sin embargo, hay hasta una teoría matemática para organizar las colas, una teoría con una distribución de probabilidad denominada Poisson, en honor a su creador. Los lectores que saben francés conocen que esta palabra significa pez, lo que común e incorrectamente muchos llaman pescado. El pez mueve la cola; el pescado, no. La cola del pescado es como la de las prótesis dentales: está muerta.
Sobre la base de la mencionada teoría, los economistas organizan las colas de aviones, barcos y llamadas telefónicas entre otras muchas. Pudiera hacerse lo mismo con las filas de personas si se le ocurriera a alguien. Claro, los congestionamientos aéreos son muy peligrosos y pueden ser catastróficos. En las filas humanas no se percibe el riesgo de catástrofe, solo el de pequeños disturbios, mínimas pérdidas e invisibles traumas sicológicos.
Ahora que he tocado el tema estadístico-económico invito al lector a estudiar con detenimiento la tabla que acompaña este trabajo. En ella muestro que una persona que haya comenzado a hacer cola en 1962, es decir, hace 47 años, y que haya hecho 10 horas de fila como promedio semanal, ha invertido 24440 horas ó 3 años de su vida en ese necesario e improductivo ejercicio. Si alguien considera muy alto el promedio antes señalado, puede utilizar 5 horas semanales y entonces solo habrá pasado 1,5 años de su vida a la intemperie, entre empujones y palabras obscenas, la mayor parte de las veces. Como tarea, le sugiero al lector valorar las horas invertidas en las colas. Puede valorarlas en pesos o en c.u.c, o si lo prefiere en calorías o en términos de stress o de frustración, si consigue unidad de medida para tales sufrimientos.
La cola tiene linaje sociológico. Si nos atenemos al concepto de Menger, es una institución. Es un fenómeno social que se reitera durante décadas, que se suma (increíblemente) a las costumbres y que si no se admite con naturalidad se acepta con resignación. Se inició involuntariamente; persistió por obligación o por conciencia de necesidad y ha terminado incorporada a la rutina diaria, a la inercia de la sobrevivencia. A veces da la impresión de que se reproduce por generación espontánea, sin causa evidente…..¡Que diría Pasteur!
Colas hay en todo el mundo, pero fugaces. Las he visto en Europa, en los supermercados denominados “grandes superficies”. Pero los gerentes no dejan que sobrepasen las diez personas; enseguida activan un nuevo punto de atención. Buscando el dinero, los capitalistas le facilitan las cosas al consumidor. También hay grandes colas en el mundo, pero en oficinas gubernamentales. La burocracia parece amar las colas, no importa su ideología.
Cuando un producto es escaso y racionado la cola tiene una causa objetiva. Pero, ¿escasean los c.u.c? Enormes filas para cambiar dinero; para cobrar sueldos; para comprar sellos; para pagar los servicios que nos presta el Estado. Ya dije que se reproduce por costumbre. Los capitalistas crean puntos de oferta mientras exista una demanda que los justifique. El Estado parece organizar sus negocios por representación. Abre una oficina que representa cobros; otra que representa canje de dinero, y otra para esto y otra para aquello. Pero una sola; dos como máximo. Si no son suficientes, esa insuficiencia la suple la cola, la que, desde luego, no podemos olvidar que son personas utilizando mal el tiempo, porque el tiempo, invertido así, según la más rigurosa economía, tiene un alto costo de oportunidad. Los servicios se prestan “con cola” porque ésta es una institución, una costumbre, un fenómeno típico del sistema real, no del pensado; una molestia incorporada al estilo de vida.
La hipótesis de que la cola es una institución social se comprueba por la existencia de numerosas filas famosas por su tamaño y longevidad. Tomemos solo dos para ejemplificar, dos «estrellas»: la que hacen los padres en la terminal de ómnibus para que sus hijos viajen a la Universidad de La Habana, y la de Coppelia, la que bien pudiera haber recibido varios Oscar. La de Coppelia en Pinar del Rio tiene, como ciertos vegetales, fototropismo negativo. Se mueve con el sol. La gente se apiña en la acera de la sombra.
La que hacen los padres en la terminal de ómnibus pronto arribará a sus Bodas de Oro. Cuando comenzó la policía “la desbarataba”. Los padres eran conducidos a la estación de policía. Pero esta fila tenía el espíritu de Gandhi: persistía pacíficamente. Es, no cabe duda, una estructura compleja del tejido de la sociedad civil. La han integrado personas de todas las religiones y credos políticos; de todas las profesiones y oficios y de casi todos los rangos sociales. Por ella han pasado directores de empresa, militares, limpiabotas y choferes de ASTRO como Monguito el masón, que no tenía que hacerla, pero la hacía por solidaridad con el resto de los padres. Otros embarcaban a sus hijos en autos de su propiedad o en carros del Estado asignados a su cargo. Los tengo en la punta de la lengua. Hablo en pasado porque pienso en el Periodo Especial, en el combustible…
Parece que habrá cola para rato; aunque, como todo, debe debilitarse, disminuir en número y desaparecer en su forma crítica. Un científico social pesimista, alguien que abusa de conceptos a la moda, dice que las colas en Cuba son “sostenibles” y “sustentables”. Las sustenta, dice, la escasez crónica; las sostiene la necesidad insatisfecha de casi todo. Yo soy optimista; pienso que mis nietos tendrán más tiempo para invertir en actividades de crecimiento y desarrollo, y menos para malgastar en las colas.
Horas invertidas en hacer cola:
1962-2009
| 10 horas semanales |
5 horas semanales |
| 24440 horas |
12220 horas |
1018 días |
509 días |
145 semanas |
72 semanas |
36 meses |
18 meses |
3 años |
1,5 años |
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