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Para mí, uno de los grandes placeres de la vida es conversar, y cuando lo hago con mi amigo el Lic. Cristóbal Díaz Ayala llega al máximo. Conversando con Cristóbal de otros temas salió a relucir el daño que una simple bala había hecho en el desarrollo del pueblo cubano.
Le pedí lo escribiera porque efectivamente había varias balas muy importantes en nuestra historia. Su respuesta fue: “lo mío es la música, escríbelo tú”.
Aún cuando muchos otros grandes cubanos habían muerto por una bala con anterioridad, ninguna como la que segó la vida de José Martí en la batalla de Dos Ríos, menos de cuarenta días después de pisar tierra cubana. Martí llegó frente a la costa sur de Cuba en la noche del 10 de abril de 1895, bajo un fuerte aguacero tropical, dejando el frutero alemán que en su camino a Jamaica los había acercado a la tierra amada, la que pisó junto a Máximo Gómez el día 11.
Conoció a muchos, escribió más y José Miró Argenter dejó constancia de su saludo a Martí: “Los autonomistas aseguraban que usted no vendría. Y eso va a confundirles. A usted es a quien ellos temen”.
En la mañana del 19 de mayo de 1895, se unen en la manigua oriental las fuerzas de Máximo Gómez y las de Bartolomé Masó, estas últimas integradas por trescientos jinetes. José Martí, emocionado, frente a ellos, pronuncia una arenga formidable. En ese momento Máximo Gómez es informado que el coronel español José Ximénez de Sandoval, con ochocientos hombres se encuentra cerca y preparado para entrar en combate. El General Gómez erguido en su caballo ordena:
—¡A caballo! ¡Masó, siga detrás de mí!
Martí, para evitar ser detenido por el General Gómez, monta rápidamente en su brioso caballo, que le había regalado antes el General José Maceo. Gómez, preocupado por el Apóstol, pregunta en alta voz: “¿Dónde está Martí?” y la angustiosa respuesta llega en unos segundos cuando lo ve lejos avanzar en su caballo, que se encabrita y galopa. Máximo Gómez está furioso y grita a todo pulmón: ¡Martí, a mi lado! ¡Martí, a mi lado! Todo fue inútil. El General Gómez lo ve avanzar hacia el enemigo, revólver en mano, “acompañado de un niño que jamás ha peleado”, Gómez desesperado se pregunta: “¿Cómo detenerlo? ¡Martí!...”
De pronto suena una descarga y la cabeza del Apóstol se yergue en busca del sol y su cuerpo cae sin vida sobre la tierra que tanto amó.
Martí recibió tres heridas, sólo una bala fue mortal.
El pueblo canta “Martí no debió de morir, ay de morir, si fuese el maestro del día, otro gallo cantaría, la patria se salvaría y Cuba sería feliz”.
Cronológicamente cruzaremos el Atlántico. El 2 de marzo de 1897, el General Valeriano Weyler situó 38 batallones de infantería y 4 regimientos de caballería en un perímetro de 4 leguas dentro de La Reforma, sin que pudiera copar al escurridizo estratega guerrillero, quien describió así al Delegado Tomás Estrada Palma, el 20 de julio de 1897, la situación del enemigo:
”Los españoles están cansados en estos días en que el calor a nosotros mismos nos sofoca, no concibo como esas tropas se mueven. La verdad es que el general Weyler está acabando con sus soldados. Por la noche, nuestras avanzadas se oponen a la vida de ellos, y empieza el tiroteo hasta la mañana. Eso es todo…”
Weyler efectuó una verdadera carnicería con sus propias tropas en su loco afán de derrotar a Máximo Gómez. Según las estadísticas del Cuerpo de Sanidad del Ejército Español, en el año de 1897 entraron en los hospitales 400 000 enfermos, lo que quiere decir que cada soldado español pasó por ellos tres o cuatro veces en el mismo año. Solamente en la campaña de La Reforma perdió 25 000 hombres —contra 28 cubanos muertos—, gastó incontables millones de pesetas fortificando plazas y campamentos que llegó a iluminar con lámparas de carburo para evitar sorpresas. A todas luces Weyler parecía estar decidido a hacer buena y efectiva la amenaza demente de su protector, Cánovas del Castillo que España lucharía en Cuba hasta el último hombre y la última peseta. No en balde dijo Máximo Gómez: “El mejor subalterno que yo tengo para acabar con el ejército español es Valeriano Weyler…”
Durante el año 1897 se libraron 12 combates en el perímetro de La Reforma, uno por mes de promedio, y en ellos los cubanos sufrieron solamente 21 muertos y 76 heridos. En todo ese tiempo Máximo Gómez recibió únicamente la expedición del coronel Fernando Méndez en el “Summer Smith”, que por cierto no pudo salvar la totalidad del alijo que traía.
España había enviado el último soldado y gastado la última peseta cuando el 8 de agosto de 1897, el anarquista italiano Miguel Angiolillo ultimó con un disparo de revólver al Presidente del Consejo de Ministros de España, Antonio Cánovas del Castillo, que fue sustituido por Práxedes Mateo Sagasta, quien el 9 de octubre destituyó a Weyler y dio inicio a unas negociaciones de «rodillas» con el gobierno de Washington que terminaron con la entrada de Estados Unidos en la guerra que Cuba tenía ganada.
Fue la segunda bala que cambió para mal el destino de Cuba.
Ahora llegamos al período republicano, el año 1951, siendo Presidente de la República desde 1948 Carlos Prío. Ha pasado muy poco tiempo para que sea juzgado sin pasiones de uno y otro lado.
Prío fue el constituyente que hizo posible la mención de Dios en la Constitución de 1940, su gobierno creó el Tribunal de Cuentas para impedir el robo por futuros gobernantes; el Banco Nacional de Cuba, que permitió el desarrollo de la banca cubana y terminó con el monopolio del Havana Clearing House y otras varias legislaciones complementarias de la joven constitución, pero no logró terminar con el robo de los fondos públicos y el gangsterismo. En junio de 1950, durante su presidencia, se efectuaron elecciones libres y honradas donde su hermano Antonio perdió la alcaldía de La Habana y su ministro Virgilio Pérez la única senaduría en disputa.
Eduardo Chibás, paladín de la oposición y quien había resultado electo como senador en 1950, procedente como Prío de las luchas contra el dictador Machado y fundador del Partido Auténtico en el poder, se había separado de éste y fundado el Partido Ortodoxo criticando y denunciando los males del Gobierno.
Eduardo Chibás, paladín de la juventud, nacionalista, antifascista o comunista, creyente en socialismo democrático de inspiración cristiana, no tenía límite en sus denuncias, lo que le hizo caer en una trampa al denunciar al Ministro de Educación, Aureliano Sánchez Arango, a quien el Partido Auténtico había recogido al renegar de sus antiguos socios al servicio de Moscú.
Chibás sabía de la malversación de fondos públicos e inversiones en el extranjero, pero no pudo presentar las pruebas prometidas, por lo que en su programa dominical del 5 de agosto de 1951, dirigió al pueblo un emotivo discurso al que llamó “El último aldabonazo” y acto seguido se hizo un disparo, la bala le costó la vida, falleciendo el 16 de agosto.
Prío fue muy afectado por la muerte de Chibás, hasta el punto de que el periodista Ramón Vasconcelos, editor del periódico Alerta (el mismo que fue confiscado por Castro para imprimir el diario Revolución bajo la dirección de Carlos Franqui en 1959), publicó un artículo titulado “No renuncie señor presidente”.
La muerte de Chibás terminó el deseo de gobernar de Prío, no haciéndole caso a los reportes del GRAS, dejando el camino libre para los trabajos subversivos de Batista. Una tercera bala en nuestro destino.
Con el camino libre por el desplome del gobierno de Prío, con su fortuna diezmada por el divorcio con Elisa y traicionado políticamente por Guillermo Alonso Pujol y Nicolás Castellanos, Batista dio un golpe militar el 10 de marzo de 1952.
El 14 de marzo en un acto en la fortaleza de La Cabaña, el general Tabernilla proclamaba “son los únicos partidos el amarillo, el blanco y el azul”, o sea, los uniformes del ejército, la marina y la policía.
Batista decía en ese mismo acto “Quisimos hacer del hombre-cosa, el soldado-hombre desde 1933. Confrontamos todos los riesgos, no titubeamos en ningún instante ante la amenaza, y a los peligros respondemos con la bala en el directo para quitarnos la vida antes que huir”
¡Que alto costo tuvo la cuarta bala no disparada!
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