|
Publicado en la revista Palabra nueva, número extra 2010
Mons. Juan De Dios Hernández Ruiz, obispo auxiliar de La Habana desde 2006, reflexiona en esta entrevista sobre la libertad religiosa. Mons. Hernández (Holguín, 1948) ingresó en la Compañía de Jesús en 1973 y fue ordenado sacerdote tres años después. Ha sido testigo del camino de la Iglesia en Cuba durante las últimas décadas.
_ ¿Cómo define usted la libertad religiosa? ¿En qué medida transciende la libertad de culto?
_La libertad religiosa pertenece al importantísimo ámbito de las libertades inalienables que radica en nuestra dignidad como personas. Preserva y cuida un aspecto fundamental de la condición humana: su capacidad de trascendencia, lo que debemos llamar «lo espiritual», que engloba todas las dimensiones de nuestro ser, como nuestra necesidad de verdad, de lo auténtico, nuestra búsqueda milenaria y actual del bien, el sentido de la existencia humana y la felicidad verdadera.
La libertad religiosa es mucho más que libertad de culto. Cuida el hecho de que todas las personas estamos dotadas de razón y voluntad libre, y que, por tanto, tenemos el derecho de asumir nuestras responsabilidades personales y sociales. E incluye el derecho a proclamar en público la fe y dar testimonio de ella en todos los ámbitos de la vida social. La distinción entre Estado y religión no supone que ésta deba ser separada de la vida social y cultural. Por tanto, el Estado debería garantizar no sólo espacios de expresión, sino también de gestión.
_ La Doctrina Social de la Iglesia señala que la prudencia política y las exigencias del bien común determinan los límites de esta libertad. En Cuba, ¿están ubicados donde deben estos límites?
_ La tensión entre sociedad y religión forma parte de la historia, porque hay entre ellas nexos importantes, que no siempre se respetan. La forma en que en las sociedades capitalistas y socialistas se restringe el derecho a la libertad religiosa es diversa. La Iglesia en Cuba sabe que está inserta desde hace 50 años en una sociedad socialista, con unas características propias, y en este contexto busca los puntos de apoyo sobre los cuales construir esa libertad; porque se va constatando cómo muchas libertades humanas son también tareas, y hay que construirlas entre todos, entre ellas la libertad religiosa.
Por tanto, más que de prudencia política, yo hablaría de búsqueda realista del bien común, aunque en este punto también hay que escuchar a sectores más críticos, cuya postura de denuncia también puede contener aportes útiles y beneficiosos para la sociedad.
Me parece difícil que los límites de alguna libertad humana queden ubicados donde deben, pero aspiro a que en Cuba las libertades sean para el bien y, por tanto, no sean restringidas. En Cuba nos falta realmente camino por recorrer en el campo de la libertad religiosa y en el de otras libertades. Cabe esperar más y trabajar para hacerlo posible.
Pienso que ese camino debemos recorrerlo juntos la Iglesia y el Estado, aunque los dos cometamos errores. Por ejemplo, quizá el Estado cometa el error de negar derechos concretos propios de la libertad religiosa, y nosotros cometamos el de ser demasiado poco audaces y comprometidos. Y cuando digo Iglesia, me refiero a todos: a la Jerarquía y al pueblo.
_ ¿Cuál fue el momento de mayores dificultades para el ejercicio de ese derecho?
_ Si se leen las cartas pastorales de finales de 1959, y luego las de los años 60, se ve primero la defensa y el respeto por el proceso liberador; luego, extrañeza ante los rumbos que se fueron imponiendo, y finalmente defensa ante ataques directos. Realmente ha habido momentos muy duros, especialmente entre las décadas de 1960 y 1980. Pienso que fue fruto de una visión oscurantista de lo religioso —que quiero considerarla superada— y de una inadecuada preparación de la Iglesia.
Todos conocen el éxodo de sacerdotes y religiosos, la expropiación de propiedades legalmente adquiridas, lo que tuvieron que sufrir laicos comprometidos con su Iglesia… En fin, esas agresiones y coacciones directas son cosa del pasado. No quisiera poner el acento en esa realidad dolorosa, aunque permanecen en algunas personas los efectos del miedo, y sobre todo la secuela de la ignorancia religiosa que ha dejado en nuestro pueblo.
_ ¿Cuál fue el momento a partir del cuál comenzó a percibirse una distensión en tal sentido?
_ Considero que no se trata de momentos como de procesos. En el ámbito de la Iglesia, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC, de 1986) marcó un giro en la conciencia y en el compromiso eclesial. El IV Congreso del Partido Comunista de Cuba, en octubre de 1991, determinó el carácter laico del Estado cubano. También destacaría el proceso recorrido por la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín que llevó a la revolución cubana a revisar ciertas posiciones. Además, la visita del Papa Juan Pablo II, en 1998, invitó a un proceso de apertura de Cuba al mundo, que aun no ha finalizado; por eso aún falta dar pasos más significativos.
_ ¿A qué aspira hoy la Iglesia en Cuba en materia de libertad religiosa?
_ A la totalidad de lo que la libertad religiosa significa, incluido su derecho y responsabilidad de iluminar, acompañar al pueblo creyente y no creyente en todos los ámbitos de interés de la vida nacional.
La persona es una unidad, y la visión cristiana de la vida tiene mucho que aportar al desarrollo del ser humano y de la sociedad. Por tanto, que la Iglesia desarrolle su labor evangelizadora con respeto beneficia a todos.
Esto supone muchas concreciones, como que la Iglesia pueda tener acceso normal a los medios de comunicación; incluso contando con sus propios medios; la posibilidad de ofrecer una educación integral cristiana a todo el que la desee, con escuelas abiertas a todos, pues es un derecho natural de los padres elegir el tipo de educación de sus hijos; el acceso a la investigación científica, social, para buscar la verdad; y su aporte específico al mundo de la cultura, con toda la riqueza que tiene lo religioso.
_ ¿Qué perspectivas reales de cumplimiento tiene esas aspiraciones?
_ Las que construyamos entre todos, desde el diálogo y la colaboración. Obviamente el Estado tiene más responsabilidad en este ámbito, pues es quien ostenta el poder legislativo y ejecutivo.
El propio Víctor Garadja, director en 1990 del Instituto de Ateísmo Científico de la Unión Soviética, ya decía: ”Nosotros, ateístas, salimos perdiendo si rehusamos la ayuda de las fuerzas espirituales de las diferentes confesiones; si oponemos la moral comunista a la moral general del hombre, que se encuentra consignada en la religión”.
Tanto la Iglesia como el Estado, por definición de lo que somos, debemos buscar el bien de la persona y de la sociedad, por lo que deberíamos hacerlo desde el respeto y la colaboración. En la medida en que suscriba esto, dichas aspiraciones estarán más cerca de la vida de nuestro pueblo cubano.
Fotos: Arriba, S.E. Mons Juan de Dios Hernández Ruíz. Debajo: Momento de la terminación de la Misa del Papa en La Catedral de La Habana 25 de enero de 1998.
|