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Y HAITÍ,
SE ME QUEDÓ GRABADO MUY DENTRO

HNA. BLANCA AURORA VALDÉS

Año XVI. no. 97
mayo - junio
de 2010

TESTIMONIO


Estimados lectores de Vitral, un saludo en Cristo vivo y resucitado, estamos en Pascua, la fiesta más grande de cada cristiano católico. Con mucho gusto quiero compartir con ustedes un artículo que escribí para el boletín internacional de mi congregación: Hnas Carmelitas del Sagrado Corazón de Jesús; sobre la experiencia que viví en Haití durante el terremoto. En estos días en que reflexionamos de manera especial sobre la muerte y resurrección de Cristo, se nos presenta el horror de la muerte de tantos hermanos. Dios no quiere la muerte de sus hijos y sobre todo no los abandona en estos momentos. Yo pude experimentar que en medio del dolor brota la vida: en solidaridad, compasión, fe y fortaleza. ¿Qué nos dice el Resucitado? Él venció la muerte y con ella la mentira, el odio, la tristeza, la venganza, el egoísmo... lo Creemos. ¿Qué hacemos cada uno para que la vida vaya creciendo en medio de tantas muertes? Desde lo pequeño, mucho podemos hacer. Ánimo y adelante. Gracias de corazón a todas las personas que oraron, se preocuparon por mí y apoyaron a mi familia al saber que estaba en Haití, Dios les multiplique en bendiciones.

En este espacio quiero compartir con todos la experiencia que Dios me permitió vivir en Haití, del 10 al 14 de enero pasado. Pero antes de comenzar a contarles, necesito dar las gracias de todo corazón por las oraciones, el cariño y la preocupación que  tuvieron por mí, al saber que me encontraba en este país cuando sucedió el terremoto. Las llamadas, los correos, me hicieron sentir el amor fraterno muy de cerca y agradecí a Dios el don de la vocación, además del regalo de pertenecer esta congregación. ¡Muchas gracias!

Todo comenzó con una llamada de teléfono de la Presidenta de la Conferencia Cubana de Religiosos (CONCUR), preguntándome si tenía residencia en Santo Domingo; al responderle positivamente me comunicó que del 12 al 14 de enero de 2010, tendría lugar en Puerto Príncipe (Haití), una Asamblea  de las Conferencias de Religiosos del Caribe. Esta tendría como objetivo compartir las realidades de cada país y buscar caminos comunes que respondieran a las líneas trazadas por la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos), en su reciente asamblea efectuada en Bogotá. Ya era mediados de diciembre, era tarde para solicitar visa a un religioso o religiosa cubano, participarían dos religiosos extranjeros de la directiva y yo, por tener este documento. Ella me pedía que le comunicara esta petición a mi congregación, así lo hice y al recibir la respuesta positiva de la Hna. Celeste, se lo informamos.
 Llegamos a Puerto Príncipe el domingo 10  en la tarde, allí estaba el presidente de la Conferencia Haitiana de Religiosos para darnos la bienvenida. Nos llevó a las afueras de la ciudad, casi 50 minutos, por terraplenes; parecía un barrio nuevo por las muchas edificaciones en construcción. Al fin llegamos al lugar, una extensión muy grande, cercada, donde se encuentra la casa de reuniones de la Conferencia Episcopal Haitiana, allí sería la asamblea. Dentro del mismo recinto también radica un seminario scalabriniano, un colegio y una  clínica que comparte el mismo edificio con un Centro de Convivencias juveniles animado por las Hnas. Dominicas de la  Presentación en el que habían preparado nuestro dormitorio.
Fue muy bueno almorzar recibiendo la cálida acogida de las hermanas y los empleados de la casa. Descansamos y disfrutamos de la brisa de la tarde que traía la música de los cantos religiosos de una cercana iglesia. Las primeras imágenes de un pueblo en actividad constante se grababan  dentro de mí. Se veían en lucha por la vida, mucho tráfico, mercados por todos lados, mucho polvo y las casas sin pintura, sin repello, mostraban la dura realidad.
Al otro día, lunes 11, celebramos la eucaristía temprano y nos centramos en preparar la proyección sobre la realidad cubana. Casi al mediodía la Hna Gloria (dominica), nos animó a ir al aeropuerto por el hermano de Puerto Rico y a ver el centro de la ciudad. Vimos entonces el movimiento capitalino, los niños, adolescentes y jóvenes, con sus uniformes, saliendo de las escuelas y universidades. Ella nos enseñó con alegría varios colegios y casas de religiosos. Almorzamos en su casa, muy antigua pero bien conservada; quién nos podría decir que al otro día esa misma casa, junto a tantas edificaciones que vimos, se destruirían. Al terminar de comer, mientras conversábamos, llegó una inesperada visita, era la esposa del embajador de Brasil, trayendo a la Dra. Zilda Arns y a una religiosa que la acompañaba.
Esta doctora fue la fundadora de la Pastoral de la Infancia en Brasil, ahora presente en 20 países, sus logros en disminución de la mortalidad infantil son notorios. Lo que más asombra es la educación comunitaria que promueve a favor de la calidad del bebito, durante todo el embarazo hasta los seis años y la orientación para la familia, además de los hábitos de nutrición que promueve, todo esto con líderes comunitarios y voluntarios que visitan y dan seguimiento, además de celebrar mensualmente la Vida desde la Palabra de Dios.  
La esposa del embajador le dijo a la Hna. Gloria, que le entregaba el oro del Brasil, que la dejaba en sus manos sabiendo que sería bien cuidada. La doctora Zilda era muy sencilla, compartió con todos sobre su vida y sus cinco hermanos religiosos; comió de lo que pudimos prepararle y comenzó a hacer preguntas sobre la realidad de Haití. Con mucha pasión comentaba como la pastoral de la crianza, iba dando pasos en Angola y Timor. Yo tuve la suerte de estar más tiempo con ella, por tener que esperar el segundo viaje para volver a la Conferencia.
La Hna. Maria Antonia y el P. Sergio, con los que conformaba la delegación de Cuba, se fueron antes con otras religiosas, su recorrido pasaría por el Palacio Presidencial y otras zonas residenciales de Puerto Príncipe. Cuando llegó el momento de irnos el segundo grupo junto con la Doctora, tomó otro camino, porque la Hna. Gloria quería que viéramos las zonas más pobres de la ciudad.
Ante mí se abrió un mar de casitas de zinc, entre lomas de basura, puercos comiendo, mercados improvisados en el piso, niños jugando entre el agua maloliente. Un mar de dolor, una pobreza que nunca había imaginado y así un kilómetro y otro, me pareció interminable. Mientras pasábamos todo aquello, la doctora explicaba sobre el programa y se le traducía en creol, para que nuestro chofer, que era líder comunitario, pudiera entender. Yo quedé paralizada por dentro, con una sensación de dolor, angustia, rabia, impotencia. ¿Cómo era posible que cientos de personas vivieran así como animales? Al otro día al sentir la tierra temblar tan fuerte vinieron a mí estas imágenes. Entonces pensé: ¡Ni la tierra aguantó tanto dolor! ¡Tuvo que temblar para gritar al mundo la tragedia  de este pueblo! ¿Qué nos quieres decir Señor?
Ya esa noche iniciamos, con la Cena y una oración en la capilla, nuestro encuentro. Los haitianos prepararon con esmero cada detalle, los símbolos, las flores, las banderas de cada país: Puerto Rico, R. Dominicana, Cuba, Brasil... La sala de conferencias tenía todo dispuesto, con traducción simultánea y los aparatos de proyección.
Amaneció por fin el 12 de enero, con mucha alegría celebramos la eucaristía con el Nuncio y pasamos, después de un receso, a la exposición sobre la realidad de Haití, fue un poco extensa pero muy interesante e iluminadora para entender la realidad tan dura que vive el país. Después del almuerzo expusimos la situación de Cuba y aunque no pudimos proyectar, compartimos desde la vivencia la situación de la vida religiosa, la Iglesia y el pueblo cubano. Muchos no entendían las dificultades que explicábamos, por eso nos hicieron muchas preguntas y al final tuvimos que cortar para pasar al descanso.
Cuando tomábamos la merienda sentimos el primer temblor, todos corrimos hacia fuera y nos tumbamos en la hierba. Unos segundos después fue más fuerte, un estruendo ensordecedor se escuchaba, los muros que rodeaban el recinto cayeron. Quedamos mudos, solo los haitianos levantaban los brazos pidiendo a Dios misericordia. Lo más terrible fue comenzar a oír gritos de la gente más allá de los muros, entonces una empleada de la casa vino corriendo desde la clínica anunciando que ya llegaban los heridos.
Muchos corrimos en auxilio, el espectáculo era aterrador: cabezas partidas, brazos llagados, personas desmayadas y en su mayoría sucias de cal, polvo, tierra. Las hermanas de la casa sacaron rápido el material de enfermería y en el campo de deporte comenzó el improvisado hospital.
Lo primero fue lavar las heridas y dar calmantes, para eso hubo que traer agua, alcanzar vendas; íbamos ayudando en lo que podíamos, a veces sin casi entendernos, pues se hablaba en dos o tres idiomas (creol, francés, español). Todas las enfermeras se pusieron en acción y los demás hacíamos lo que podíamos. Las hermanas dominicas, una colombiana y otra panameña, fueron en busca de dos médicos chilenos voluntarios, estos, junto a una enfermera suiza, fueron junto a ellas el motor de la atención a los enfermos. Se hizo el esfuerzo de llevar a los más graves a un hospital, pero tuvieron que regresar porque todo estaba saturado.
Esa noche la pasamos al aire libre, junto con los enfermos y los vecinos del lugar, que vinieron a dormir al campo de deporte por miedo a los temblores que eran bastante frecuentes. Escuchamos la radio y ya comenzábamos a darnos cuenta de las dimensiones del desastre. El Palacio había caído, la Catedral, también los colegios de los religiosos que estaban allí, y algunos de sus hermanos habían muerto. Fue muy fuerte cuando se confirmó la noticia de que la Dra. Zilda había muerto junto con muchos religiosos, porque había terminado de impartir una conferencia en el Centro de Formación de la Vida Religiosa en Puerto Príncipe. Qué sensaciones tan raras de angustia, dolor, miedo, todos estábamos algo paralizados. Por grupos rezábamos según la lengua, hasta que el cansancio nos venció.
Al otro día los dominicanos partieron temprano con la misión de avisar a nuestras congregaciones que estábamos bien. Los heridos seguían llegando y ya había dos fallecidos, uno de ellos fue enterrado allí por los sacerdotes de la casa. Tuvimos la alegría de poder mandar al hospital a alguno de los enfermos graves y a una mamá que llegó con dolores de parto. Me impresionó la fortaleza de este pueblo, su fe firme que le hacía cantar y dar gracias a Dios con las manos levantadas,  en muchas horas, durante la noche o durante el día, caían de rodillas con los ojos fijos en el cielo. También me emocionaba el sentido profundo de agradecimiento, cuando le dábamos agua o algún medicamento, los niñitos y hasta los enfermos muy graves, nos decían gracias (Merci).   
En medio de toda esta situación era muy hermoso ver la entrega solidaria de los médicos, la enfermera voluntaria, las empleadas de la casa y los religiosos y religiosas. Nos sentíamos hermanos y así se demostraba en muchos detalles. El lema de la asamblea a la que habíamos ido era: “Por una vida religiosa revitalizada”  y creo que todos salimos de allí con el compromiso de cuidar y defender la vida, de apostar por la colaboración intercongregacional para responder a los retos de la realidad, pues la riqueza de cada carisma se puso en acción diciéndonos que todo es importante. Desde la atención al enfermo más directa, hasta la escucha, el consuelo, la oración.
Al saber que el aeropuerto estaba cerrado, decidimos el jueves 14, en la mañana, cruzar la frontera hacia R. Dominicana. Llegamos a la casa de Santo Domingo a las siete de la tarde; allí,  por la televisión, pudimos ver el horror que había en las calles de Puerto Príncipe. La acogida de la hermanas fue extraordinaria, la Hna. Celeste nos acompañó todo el tiempo hasta que el viernes, después de muchas dificultades, volamos a Santiago de Cuba y más tarde a La Habana. Doy gracias a Dios por esta experiencia dura y extraordinaria. Para mí es una fuerte llamada a la autenticidad y fidelidad de toda la vida religiosa.  
Gracias por todas las personas que conocí, las que aún me hablan con su testimonio. Gracias por haber conocido a este pueblo, que ya se me quedó muy dentro. Siento que tengo que seguir rumiando y escuchando la voz de Dios detrás de lo vivido estos días.
¿Qué nos pide este Año Capitular con estos acontecimientos? ¿Por dónde nos quiere llevar el Espíritu? Sigamos orando mucho por este pueblo y por toda la vida religiosa que debe ser ante todo presencia del Dios amor en tantas realidades dolorosas a lo largo del mundo. Sigamos orando unas por otras para que nunca perdamos la sensibilidad ante el pobre y el que sufre, que el dolor no se nos haga familiar, que no nos acostumbremos a escuchar las quejas o los gritos del que necesita sin dar alguna respuesta, sin buscar alguna alternativa. Jesús nos sigue diciendo “tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber.... Todo lo que le hicieron al más pequeño a mí me lo hicieron.” Que Madre Asunción, nos alcance la gracia de seguir siendo mujeres orantes, fraternas, solidarias y disponibles al hermano que necesita.